Hundir barcos o salvar vidas: la batalla de la propaganda

 


Por Manel Aparicio

La frase de Abascal: propaganda de odio

Santiago Abascal, líder de Vox, ha vuelto a dar muestras de lo que entiende por política: un micrófono, un gesto agresivo y una frase pensada no para resolver problemas, sino para incendiar titulares. Su última ocurrencia —“habría que hundir el Open Arms”— no es un desliz verbal ni un exceso de espontaneidad. Es propaganda pura. Propaganda de odio, diseñada para alimentar un relato en el que la vida humana vale menos que el rédito electoral.

Qué representa el Open Arms

El Open Arms no es un símbolo abstracto. Es un barco que ha rescatado a miles de personas que, de lo contrario, habrían muerto en el Mediterráneo, ese cementerio azul al que Europa da la espalda mientras firma convenios con regímenes que vulneran sistemáticamente los derechos humanos. Atacar al Open Arms no significa “defender las fronteras”: significa renunciar a la mínima noción de humanidad. Significa, literalmente, pedir la muerte de quienes huyen del hambre, de la guerra o de la miseria.

La lección de un cartel soviético

Y aquí es donde la historia puede ayudarnos a desenmascarar el truco. Porque lo que Abascal lanza no es un argumento político, es una pieza propagandística. Y la propaganda, todos lo sabemos, no es nueva. Basta con mirar un cartel soviético de los años veinte, uno de tantos que circulaban por los pueblos de Rusia tras la Revolución de Octubre. El título decía: “¿Qué le dio al campesinado la dictadura del proletariado?”.

El cartel mostraba campesinos y campesinas recibiendo tierra, escuelas, médicos, créditos agrícolas, tractores. No era un análisis riguroso de la economía soviética, claro está. Era propaganda, con sus exageraciones y silencios. Pero fíjense en la diferencia fundamental: aquella propaganda buscaba convencer prometiendo derechos, bienestar y futuro compartido. Frente a los terratenientes, frente a las deudas del zarismo, se ofrecía un horizonte de dignidad.


El contraste: construir o destruir

Compárenlo con la escena actual: un líder político español que propone, con sonrisa torcida, que la solución a la migración es hundir barcos de salvamento. Donde ayer se prometía tierra, educación y sanidad, hoy se promete destrucción, miedo y muerte. La propaganda cambia de signo, pero conserva su función: movilizar pasiones. Y la pregunta que deberíamos hacernos es sencilla: ¿qué pasiones queremos movilizar como sociedad?

El truco populista

Abascal sabe lo que hace. Cada vez que pronuncia frases de este calibre, no está hablando a todo el país, sino a su núcleo duro, al que quiere reforzar con un mensaje simple: “Nosotros somos los valientes, los que nos atrevemos a decir lo que nadie dice”. El viejo truco del populismo reaccionario. Lo que oculta es que ese “atrevimiento” no consiste en desafiar al poder real, sino en señalar a los más débiles, a los que no tienen voz, a los que llegan en una patera jugándose la vida. Golpear al vulnerable: he ahí su heroísmo.

Propaganda para la vida

La comparación con el cartel soviético no busca idealizar el régimen que lo produjo, sino resaltar algo obvio: la propaganda política no es inevitablemente reaccionaria. Puede usarse para construir comunidad, para imaginar un futuro compartido, para reforzar la idea de que los derechos deben ampliarse. Lo vimos en los años veinte en Rusia, lo vimos en la Europa de posguerra con el Estado del bienestar, lo vemos cada vez que un movimiento social toma la palabra para exigir justicia.

Hoy, frente a un Mediterráneo que traga vidas, necesitamos otra propaganda: la de la solidaridad. No se trata de manipular, sino de disputar el terreno simbólico. Porque cuando un líder de extrema derecha logra que se hable en serio de “hundir barcos de rescate”, ya ha ganado una parte de la batalla cultural. Nos arrastra a discutir si las vidas humanas son negociables. Y ese terreno, si lo aceptamos, está perdido de antemano.

Elegir el futuro

No podemos permitirlo. Cada cartel, cada relato, cada consigna debe recordarnos que el dilema es entre construir derechos o destruirlos, entre defender la vida o banalizar la muerte. Si en los años veinte un cartel podía movilizar campesinos prometiendo tierra y escuelas, en los años veinte del siglo XXI tenemos que movilizar conciencias con un mensaje igual de claro: ningún ser humano es ilegal, y ninguna frontera justifica un crimen.

La historia nos muestra que la propaganda siempre acompaña a la política. Lo único que cambia es hacia dónde se dirige. Y la elección está en nuestras manos: ¿seguimos el camino de Abascal, que llama a hundir barcos y aplaudir cadáveres, o apostamos por un futuro en el que el Mediterráneo deje de ser una fosa común? La respuesta no puede esperar, porque cada día que pasa hay vidas en juego.

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