Por Manel Aparicio Qué curioso: los mismos que heredaron tierras, privilegios y apellidos de un régimen criminal son los que ahora nos acusan de “reabrir heridas”. Ellos, los que jamás enterraron a sus muertos en cunetas porque siempre tuvieron nichos, cruces y flores. Ellos, que pasean todavía por calles dedicadas a criminales con placa brillante y adoquines limpios. Ellos, que se envuelven en una bandera que no es más que el sudario de la traición. Nos llaman resentidos. Nos llaman perdedores. Pobres ingenuos: no hemos perdido nada, porque lo que se roba con sangre y fusil nunca es victoria, sino pillaje. Fueron sus abuelos los que se levantaron contra la ley, contra el voto de los españoles, contra un gobierno que representaba al pueblo. Y hoy son sus nietos los que, con desparpajo y carita de tertuliano, tienen el valor de llamarnos “odiadores”. No, señores: no es odio. Es memoria. Y la memoria escuece porque desnuda sus vergüenzas. La Guerra Civil no fue un duelo entre caballeros,...