La memoria no se negocia
Por Manel Aparicio
Qué curioso: los mismos que heredaron tierras, privilegios y apellidos de un régimen criminal son los que ahora nos acusan de “reabrir heridas”. Ellos, los que jamás enterraron a sus muertos en cunetas porque siempre tuvieron nichos, cruces y flores. Ellos, que pasean todavía por calles dedicadas a criminales con placa brillante y adoquines limpios. Ellos, que se envuelven en una bandera que no es más que el sudario de la traición.
Nos llaman resentidos. Nos llaman perdedores. Pobres ingenuos: no hemos perdido nada, porque lo que se roba con sangre y fusil nunca es victoria, sino pillaje. Fueron sus abuelos los que se levantaron contra la ley, contra el voto de los españoles, contra un gobierno que representaba al pueblo. Y hoy son sus nietos los que, con desparpajo y carita de tertuliano, tienen el valor de llamarnos “odiadores”. No, señores: no es odio. Es memoria. Y la memoria escuece porque desnuda sus vergüenzas.
La Guerra Civil no fue un duelo entre caballeros, como algunos manuales de la derecha quieren vender. Fue un golpe de Estado de militares cobardes que, incapaces de asumir que el pueblo había hablado en las urnas, decidieron silenciarlo a tiros. A tiros y a fosas comunes. A violaciones, humillaciones y rapados públicos. A desapariciones y bebés robados. ¿Y todavía tienen la desfachatez de llamarlo guerra? No fue una guerra: fue una cacería, y ellos fueron los cazadores.
Nosotros no queremos reabrir nada: lo que exigimos es cerrar. Cerrar con justicia. Cerrar con dignidad. Porque las heridas que no se limpian supuran, y España lleva ochenta años con la pus del franquismo impregnando su piel. Las cunetas no se cierran con silencio; las calles franquistas no se convierten en neutras con una mano de pintura; las víctimas no descansan porque cuatro señoritos digan que “mejor no remover el pasado”. ¿Sabéis qué? Si remover el pasado significa desenterrar a nuestros muertos y borrar del callejero a los criminales, entonces vamos a remover hasta que no quede piedra sobre piedra de vuestra mentira.
Y cuando nos dicen que también hubo “comunistas asesinos” y que ellos también tienen calles, lo único que demuestran es la ridiculez de su argumento. No, no es lo mismo. No es lo mismo luchar para defender un gobierno democrático que alzarse en armas para destruirlo. No es lo mismo ser asesinado en una tapia por defender la libertad que ordenar fusilamientos desde un despacho con olor a coñac barato y sotanas cómplices. No es lo mismo, y quien equipara verdugos y víctimas solo demuestra ser descendiente espiritual de los verdugos.
La derecha y su apéndice histérico —esa ultraderecha que grita “¡Viva Franco!” en 2025 como si no hubieran pasado los años— tienen miedo. Y lo entiendo: porque si se cuenta la historia tal cual fue, se acaba la farsa. Se acaba el mito del salvador de la patria. Se acaba la épica barata del caudillo. Y se revela lo que en realidad fue: un puñado de traidores que vendieron España a Hitler y Mussolini para asegurarse cuarenta años de botín y silencio.
Así que, sí, estamos cabreados. Y con razón. Porque mientras seguimos buscando huesos en las cunetas, ellos siguen fabricando excusas desde sus sillones. Porque mientras seguimos pidiendo dignidad, ellos siguen ofreciendo desprecio. Porque mientras seguimos exigiendo verdad, ellos siguen vendiendo mentira.
No, no vamos a callar. No vamos a sonreír mansamente mientras nuestros mayores siguen sin tumba y en fosas. No vamos a fingir que todo se resolvió con una transición de cartón piedra donde los verdugos salieron indemnes y los jueces franquistas conservaron la toga. No vamos a aceptar que se siga educando a generaciones enteras en un relato adulterado donde la víctima y el verdugo parecen dos caras de la misma moneda.
Si eso les parece odio, allá ellos. Lo nuestro no es odio: es justicia. Y la justicia no se pide por favor. Se arranca. Con la palabra, con la memoria, con la dignidad que nos quisieron arrebatar.
Que quede claro: no queremos guerra. Queremos memoria. No queremos revancha. Queremos justicia. No queremos silencio. Queremos verdad. Y aunque les moleste, aunque les arda, aunque les dé miedo: la memoria no se negocia.
Comentarios
Publicar un comentario