Tauromaquia: el fin de una barbarie subvencionada con dinero público

 

Por Manel Aparicio

Una tradición manchada de sangre

La tauromaquia se presenta todavía en algunos rincones como un vestigio cultural, un supuesto arte que pretende justificarse bajo el paraguas de la tradición. Sin embargo, en pleno siglo XXI resulta imposible seguir aceptando como cultura lo que no es más que violencia institucionalizada: la tortura y asesinato de un animal convertido en espectáculo.

El sufrimiento del toro comienza mucho antes de la corrida. Estrés, encierro, privación y manipulación física son parte de la preparación previa. Lo que luego se muestra en la plaza es solo el último capítulo de un proceso marcado por el dolor.

El coste económico de la tauromaquia

Más allá del componente ético, existe un hecho incontestable: la tauromaquia sobrevive gracias al dinero público. Sin las subvenciones millonarias que recibe de administraciones locales, autonómicas, estatales e incluso europeas, la industria taurina se derrumbaría.

Mientras hospitales, colegios, centros de investigación y programas sociales sufren recortes y precariedad, millones de euros de los presupuestos se destinan a mantener vivo un negocio que cada vez interesa a menos gente. Es un sinsentido absoluto: los contribuyentes sostienen un espectáculo que rechazan.

Una sociedad que dice “basta”

Las encuestas lo dejan claro: la mayoría de la ciudadanía rechaza la tauromaquia, especialmente las nuevas generaciones. La empatía hacia los animales y el rechazo al maltrato son valores cada vez más presentes en nuestra sociedad.

Lo que hoy algunos llaman tradición, mañana será recordado como una mancha en la historia cultural. Igual que un día se abolió la esclavitud, los combates de gladiadores o la explotación infantil en fábricas, hoy es el turno de poner fin al sufrimiento animal convertido en espectáculo.

Europa y las subvenciones encubiertas

La Unión Europea ha sido señalada en múltiples ocasiones por financiar, a través de la Política Agraria Común, a ganaderías que crían toros destinados a las plazas. Mientras se impulsa un modelo agroecológico y sostenible, persiste la contradicción de destinar fondos comunitarios a la industria de la tortura.

España, por su parte, sigue manteniendo escuelas taurinas y festejos con cargo a los presupuestos públicos. Cada euro invertido en tauromaquia es un euro menos para cultura, educación, ciencia o sanidad.

El camino hacia la abolición

Abolir la tauromaquia no significa borrar la historia, sino avanzar hacia una sociedad más justa y ética. La cultura es evolución, no repetición ciega de prácticas crueles. El verdadero arte se construye sobre la creatividad, no sobre la sangre.

La abolición es inevitable: lo que está en juego es cuánto tiempo tardaremos y cuántos animales sufrirán hasta que llegue.

La importancia de movilizarse

La movilización ciudadana es la clave para acelerar este cambio. No basta con indignarse en silencio: hay que salir a la calle, mostrar que somos mayoría y exigir que las instituciones dejen de sostener un negocio que ya no tiene cabida en una sociedad ética.

Por eso, el próximo domingo 21 de septiembre a las 16:30 h, frente a la Plaza de Toros de Lorca, nos reuniremos en una gran concentración antitaurina. Será una jornada para demostrar que la compasión y la justicia pesan más que la violencia y el dinero.

Los toros no tienen voz, pero nosotros sí. Y es nuestro deber usarla para defender a quienes no pueden hacerlo.



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