Fuente Álamo no es el vertedero del sureste


 
Por Manel Aparicio

El jueves 26 de febrero, la Plaza del Ayuntamiento de Fuente Álamo de Murcia volvió a convertirse en altavoz de una pregunta incómoda: ¿quién ha decidido que este municipio deba transformarse en un polo industrial de residuos?

Medio centenar de valientes vecinos y vecinas se concentraron frente al consistorio para denunciar el proyecto de macroplantas de biogás previstas en el entorno. No era una protesta folclórica ni un gesto simbólico. Era una advertencia. Bajo consignas directas —“Pueblo despierta, la mierda está en tu puerta”, “No es progreso, es retroceso”— se leía un manifiesto que iba mucho más allá del rechazo puntual a una instalación concreta.

La clave no es una planta. La clave es la escala.

La aritmética que no cuadra

Según lo expuesto por la Plataforma Stop-Biogás, en un radio aproximado de diez kilómetros se proyectan instalaciones con capacidad conjunta cercana a 2,5 millones de toneladas de residuos al año.


Hablemos claro: una planta de biogás de gran tamaño necesita entre 200.000 y 500.000 toneladas anuales de materia orgánica para operar a pleno rendimiento. Multipliquen.

¿Produce Fuente Álamo esa cantidad de residuos? No.

Ni siquiera sumando la cabaña ganadera del entorno se alcanza ese volumen. Entonces la conclusión es inevitable: el residuo vendrá de fuera.

Y cuando el residuo viene de fuera, el municipio deja de gestionar su problema y pasa a gestionar el problema de otros.

Camiones, olores y nitratos: la cara B del “progreso”

No nos vendan humo verde.
Más residuos significan más transporte pesado. Decenas —quizá cientos— de camiones diarios atravesando carreteras locales, aumentando emisiones, ruido y riesgo de vertidos accidentales.

Más residuos significan más digestato, un subproducto que debe aplicarse al suelo agrícola. Cuando las cantidades son desproporcionadas, la consecuencia puede ser sobrecarga de nitratos en acuíferos, un problema que en la Región de Murcia ya conocemos demasiado bien.

Más residuos significan más concentración industrial en un municipio que ya soporta presión agrícola intensiva, ganadera y riesgos tecnológicos reconocidos.

La pregunta es elemental:
¿Se ha evaluado el impacto acumulativo de todas las instalaciones previstas?
¿O estamos ante informes fragmentados que analizan cada proyecto como si existiera en el vacío?


Energía renovable sí. Sobredimensión, no.

Nadie serio discute que el biogás sea una tecnología renovable útil. Lo que se discute es el modelo.


Una planta dimensionada para gestionar residuos locales puede formar parte de una economía circular razonable. Pero cuando la capacidad supera ampliamente la producción del territorio, ya no hablamos de circularidad. Hablamos de industrialización masiva del residuo.

Eso no es transición ecológica.
Eso es negocio logístico disfrazado de sostenibilidad.


El detalle político que no pasó desapercibido

La concentración se convocó coincidiendo con el Pleno municipal. Sin embargo, el Pleno no se celebró el jueves. Había sido trasladado al lunes siguiente, mañana, circunstancia que muchos asistentes desconocían.

Resulta legítimo cambiar una fecha. Lo que no resulta saludable es que los vecinos se enteren cuando ya están en la plaza.

Quizá las consignas obliguen a elevar el tono de voz en el salón de plenos. Quizá la presencia ciudadana incomode. Pero si la democracia molesta cuando se ejerce en la calle, el problema no está en la calle.


No es histeria, es modelo territorial

El manifiesto, que puede oírse al final de este artículo, leído durante la concentración fue claro: no se trata de estar contra el campo ni contra los ganaderos. Quienes protestan forman parte de ese tejido social y económico. Precisamente por eso alertan del riesgo de un modelo que puede terminar forzando ampliaciones de macrogranjas o convirtiendo el municipio en receptor permanente de residuos externos.

Aquí no se está discutiendo una licencia técnica.
Se está discutiendo el futuro de un territorio.

¿Queremos un municipio agrícola con diversificación sostenible?
¿O un nodo industrial de tratamiento masivo de residuos?

Porque una macroplanta no solo produce energía.
Produce tráfico, impacto paisajístico, presión ambiental y una etiqueta difícil de borrar.

Una decisión que marcará décadas

Las infraestructuras de este tipo no son provisionales. Se instalan para operar durante décadas. Cambian dinámicas económicas, sociales y territoriales. Revalorizan ciertos intereses y devalúan otros.

Por eso la exigencia ciudadana es razonable:

  • Evaluación acumulativa real.

  • Estudios independientes de salud pública.

  • Transparencia total.

  • Participación efectiva antes de consolidar decisiones irreversibles.

No parece radical pedir información.
No parece antisistema pedir prudencia.
No parece exagerado pedir que el progreso se mida también en calidad de vida.

Fuente Álamo no es un solar vacío en el mapa. Es un lugar habitado.

Y quienes lo habitan han empezado a decirlo alto y claro:
el desarrollo no puede imponerse sin escuchar.

El lunes volverán a la plaza.
Y esta vez, con Pleno o sin él, la pregunta seguirá en el aire:

¿Quién decide el modelo de municipio que vamos a ser?


Conclusión

No fui a Fuente Álamo por costumbre. Fui porque cuando en un municipio empiezan a hablarte de millones de toneladas de residuos al año, lo mínimo que puedes hacer es mirar a los ojos a quienes tendrán que respirarlos. Además, me apetecía volver a ver a gente que conozco. Así pude disfrutar de la compañía de gente luchadora como Domingo Hernández, portavoz de la Plataforma, de Antonia, su mujer, siempre presente en la lucha reivindicativa, y por suerte de la compañía de Ángel, hijo de ambos y director de aquel gran documental llamado 'Apaguen los mecheros y enciendan la vida' (ver aquí), del que ya he comentado varias veces.

Lo que vi no fue una turba exaltada. Vi vecinos normales haciendo preguntas incómodas. Y en democracia, las preguntas incómodas son el verdadero termómetro del poder.

Nos hablan de transición ecológica mientras diseñan infraestructuras que solo se sostienen si llegan residuos de fuera. Nos hablan de progreso mientras el cálculo real se mide en camiones diarios, en digestato acumulado y en acuíferos que no entienden de discursos institucionales.

El problema no es el biogás.
El problema es convertir un municipio en engranaje silencioso de una industria que necesita toneladas constantes para no detenerse nunca.

Porque cuando la materia prima es el residuo, el negocio depende de que el residuo no se reduzca. Y ahí la economía circular empieza a chirriar.

Quizá dentro de unos años alguien explique que todo estaba dentro de la legalidad. Seguramente lo estará. Pero la legalidad no siempre coincide con la prudencia. Ni con la justicia territorial.

Lo que está en juego no es una licencia.
Es el relato futuro de Fuente Álamo.

Y conviene recordarlo ahora, antes de que el primer camión cruce la rotonda y ya no haya vuelta atrás.

Porque el día que el modelo quede sellado en hormigón, las pancartas no olerán.
Pero el aire, sí.


Y EL DESTINO, SI NO SE ELIGE, SE PADECE. 



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