Hasta siempre, pequeña
Es lógico que, a mi edad, 71 años, haya perdido ya a muchos seres queridos. Demasiados. Unos porque partieron, y otros por dejadez, seguramente por mi parte.
Hoy me ha llegado la triste noticia de la partida de una amiga.
Cuando nos conocimos, no puede decirse que ella fuera muy sociable, sobre todo con los hombres. Sin embargo, conmigo conectó desde el principio. Cuántas veces me reí con ella diciéndole que, tal vez, nunca le parecí demasiado hombre. Y ella me miraba siempre atenta, pendiente de lo que le decía, queriendo aprender de mí, haciendo lo que le pedía sólo para gustarme. Y es que Lupe fue lo que suele llamarse “amor a primera vista”.
Según Patricia, su familiar, cuando nos conocimos en el pipican al que íbamos, Lupe acostumbraba a morder a cualquier hombre que se le acercara, no así a las mujeres. Yo bromeaba con Patricia diciéndole que los perros son inteligentes, y que quizá yo no era tan hombre como pudiera parecer.
A partir de entonces, siempre que coincidíamos en el pipican, Patricia se acercaba a mí y a mis perras para comentarme que Lupe se relajaba conmigo. Con el tiempo, y ante la imposibilidad de ella para sacar a pasear a Lupe y a Emi, su mamá, empecé a hacerlo yo.
Fueron días enriquecedores. Aprendíamos el uno del otro. Emi era encantadora, un pedazo de pan, jamás daba un problema. La que tenía carácter era Lupe. Y cuanto más tiempo pasaba con ella, más me daba cuenta. Había momentos en los que quería imponerlo, avisándome claramente: “Ojo, que muerdo”.
Pero eso nunca supuso un problema para mí. Al contrario. Yo quería entenderla y ayudarla. Quería encontrar la forma de que no necesitara reaccionar así. Y fue fácil enseñarle que aquello no hacía falta, que podía haber cordialidad, confianza y equilibrio entre nosotros y, por su parte, con cualquier ser humano, hombre o mujer. Nunca la obligué a nada; simplemente le hablaba, le explicaba cómo se comporta un perro equilibrado. Creo que, por no seguir escuchando mis largas charlas, decidió cambiar jajajaja.
Y el cambio llegó rápido. Se dio cuenta de que así era más feliz.
Qué buenos fueron aquellos tiempos que pasamos juntos. Después tuve que dejar de sacarla a pasear, pero ella ya no volvió a ser la misma. Había aprendido a confiar.
Poco después cambié de domicilio y dejamos de vernos.
Nos reencontramos en febrero de 2024, en la manifestación de No a la Caza. En cuanto la vi, la abracé como siempre, con cariño, y le susurré cosas bonitas al oído. Se mostró contenta, aunque ya no era la misma. Tampoco lo era yo. Los años pasan para todos, y ella ya era bastante mayor.
Sin embargo, su manera de mirarme seguía intacta: profunda, intentando averiguar qué deseaba, qué le estaba contando. Y sentí su cariño, como siempre. Estoy seguro de que ella también sintió el mío.
No he podido estar con ella cuando partió. Y sé que a ambos nos habría reconfortado mucho. Le hablé muchas veces de momentos así, y sé que le habría gustado sentir uno de mis abrazos en sus últimos instantes.
Por eso hoy quiero despedirme de ti, Lupe.
Gracias por tu confianza, por tu cariño y por todo lo que aprendimos juntos. Gracias por aquellas miradas tuyas que parecían querer entender el alma humana. Fuiste mucho más que una perra: fuiste una amiga noble, valiente y profundamente sensible.
Me gusta pensar que, allí donde estés ahora, corres tranquila, sin miedos y en paz.
Y si alguna vez existe un lugar donde vuelvan a encontrarse quienes se quisieron de verdad, espérame. Porque cuando vuelva a verte, volveré a abrazarte como siempre, y volveré a susurrarte al oído cosas bonitas.
Hasta siempre, pequeña.


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