Charlas con… José Perelló Moreno: la Semana Santa, historia, tradición y debate
La Semana Santa forma parte de nuestro paisaje cultural desde hace siglos. Procesiones, imágenes, cofradías… son elementos que todos reconocemos, pero cuyo origen y evolución no siempre conocemos en profundidad.
En esta ocasión, compartimos un artículo de José Perelló Moreno, en el que realiza un recorrido histórico por esta celebración, desde sus raíces más antiguas hasta su configuración actual.
Para complementar el texto, hemos querido ir un paso más allá y mantener una conversación con el propio autor. En ella abordamos algunos de los aspectos más llamativos del artículo: el origen precristiano de ciertas tradiciones, el papel de la Iglesia a lo largo de la historia o el significado que la Semana Santa tiene en la actualidad.
Puedes escuchar la charla completa en el siguiente audio, y a continuación, leer el interesante artículo.
José Perelló Moreno
LA SEMANA SANTA A TRAVÉS DEL TIEMPO
(9/4/2017)
El origen de la fiesta pascual es anterior al cristianismo. Judíos y europeos celebraban el equinoccio de primavera y el cambio de ciclo con diversos ritos y costumbres. Es la gran fiesta de la resurrección de la vida.
La Semana Santa, o el embrión de lo que conocemos hoy, se incorporó al repertorio de ritos y fiestas pascuales ya desde el siglo IV. Se celebra exactamente en los días en que cae la primera luna llena después del equinoccio de primavera, es decir, respetando el calendario de la Pascua Judía.
Por esa razón la Semana Santa se mueve en el calendario entre marzo y abril, siempre dependiendo de las fases lunares que duran 28 días, mientras que nuestro calendario se basa en el sol y las fases duran 30 días.
La fiesta de la Semana Santa es un invento de la Iglesia católica del siglo IV, y se enmarcaba en el programa de adaptación-absorción que el catolicismo practicó entre los `paganos´ (etimológicamente, aldeanos) para adaptar sus ritos e ídolos ancestrales.
Las venus o vírgenes negras se cambian por la Virgen María y el folklore se adapta. La `danza del caracol´ de los `armaos´ de Jumilla pasa por ser de origen céltico. Este baile se repite en otras localidades y consiste en danzar en círculos espirales entrecruzados. Se trata de un rito de resurrección en torno a la figura elíptica, que nunca falta en los petroglifos de aquella cultura. Igual que la tradición de regalar huevos el Domingo de Pascua: es muy antigua y común entre los pueblos que habitaban la región del Mediterráneo, Este de Europa y Oriente. Los mismos que reparten `los Coloraos´, la más antigua cofradía murciana.
En el siglo XIII aparecen en el sur de Francia las cofradías de flagelantes, y de ahí pasan a la Península. Vicente Ferrer extendió la moda de la autoflagelación, probablemente de origen precristiano, aprovechando la existencia de las antiguas cofradías o hermandades menestrales.
Desde mediados del siglo XV y promovidas por los franciscanos se difunden las Cofradías de la Vera Cruz por distintos lugares de España. Así, en Sevilla se funda en 1448, la de Valladolid ya existía en 1498, y la de Zamora en 1508. Puede considerarse que bajo la inspiración franciscana, muy italiana, el cofrade quiere dar testimonio de su fe reviviendo el sufrimiento del crucificado y su madre.
Los fieles se inscribían en las cofradías y hermandades porque así ganaban numerosas gracias espirituales. Por todo ello, las cofradías se esforzaban en lograr indulgencias y privilegios ante la Santa Sede o de adquirir la Carta de Hermandad con ciertas órdenes religiosas para disfrutar también de los favores que éstas tenían.
El periodo de implantación de las cofradías abarca desde las primitivas de Sevilla y Toledo (fundadas en los años 1448 y 1480), hasta las que se instituyeron a finales del siglo XVI. Su rasgo más destacado era la práctica de la disciplina durante la procesión, que daba comienzo al atardecer del Jueves Santo. Durante el transcurso de la misma, se visitaban cinco iglesias, en recuerdo de las cinco Llagas de Cristo.
Entre 1545 y 1563 la Iglesia Católica se reunió en Trento para dar respuesta a la Reforma luterana. Entonces se potenció justo lo que denunciaba el protestantismo: la parafernalia ornamental y el culto a la Virgen. El Papado favorecía y ordenaba las celebraciones, apoyaba a las cofradías, y un proselitismo activo y permanente sobre los fieles católicos. Así nació la semana santa tal y como la conocemos hoy.
Durante los siglos XVII y XVIII las cofradías toman gran auge y poder social en España, con tres zonas principalmente activas e importantes: Castilla, el Levante y Andalucía. Justamente en las zonas en los que la Inquisición imponía el control ideológico a sangre y fuego. Es la respuesta de la jerarquía religiosa española a la Reforma luterana, que en el intento de recuperar la Biblia en su sentido más literal, prohíbe el culto a las imágenes. Y a la voluntad del emperador católico de Europa, Carlos V.
¿No quieren imágenes en los templos? Pues las van a tener también por las calles.
Ocasión extraordinaria para que el clero católico comprara procesiones y manifestaciones populares a precio de indulgencias. ¿Quién no cambiaba la eternidad del infierno o unos cuantos siglos de purgatorio por unas horas de catarsis sangrienta? Resultado: un éxito al que colaboraron los grandes artistas imagineros, sobre todo del Barroco.
El esplendor de la imaginería barroca se impuso a la religiosidad. Y las cofradías en muchos casos, más que hermandades cristianas son clubes de poder. Todavía se titulan algunos pasos o imágenes con los nombres de las familias nobles protectoras: la Dolorosa de Ruiz Funes (la Dolorosa de la Cofradía de la Sangre) o el Cristo de doña Pepita, de Jumilla.
Lo que ahora es una fiesta callejera, con turistas y fotos de móvil, una fiesta que exhibe una estética inspirada en las torturas que practicaban los tribunales del Santo Oficio, revive la exposición pública del condenado (ahora penitente), con un reglamento en cuanto a los ropajes de los reos, que siempre incluían sambenito y capirote. Ambos se pintaban y decoraban con arreglo al delito cometido. El capirote ha permanecido, y el sambenito se ha transformado en túnica.
Los momentos de esplendor de este curioso espectáculo, tan difícil de explicar a los niños, coinciden con las épocas de máximo poder del partido católico: la Contrarreforma, la vuelta de Fernando VII y la dictadura de Franco. Bajo el nacionalcatolicismo, la Semana Santa recobró un nuevo auge, que ha llegado hasta nosotros.
Hasta finales de los 60, las radios se solían apagar en las casas, desde el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección.
La polémica es si conviene respetar esa cruel y espectacular tradición, en aras de mantener nuestra principal industria: el turismo. Y nada más, porque ese espectáculo no ofrece ningún estímulo espiritual. El cultural, pertenece a otra época, al esplendor de una imaginería que puede visitarse en sus sedes, los templos.
Sacar los ídolos a la calle queda rancio y anticuado; más si van escoltados por las fuerzas del orden.

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