¿Dónde está la justicia cuando los jueces pierden el juicio?

 Nean-bascales, desesperaícos y el virus del fascismo

Que el mundo se está volviendo loco, o ya lo ha hecho, somos muchísim@s quienes estamos convencid@s de ello. Que la derecha y ultraderecha de este país está “desesperaíca”, como decimos en Murcia, también lo sabemos muchas personas. Y no lo decimos desde la intuición ni la exageración. Lo vemos. Lo vivimos. Lo sufrimos. Perdieron el poder, sí. Perdieron la posibilidad de seguir controlando presupuestos, repartiendo contratos, manejando resortes ocultos. Y desde entonces, no han hecho otra cosa que buscar cómo desmontar al gobierno progresista que les arrebató su cortijo.

Y lo han hecho con todo tipo de artimañas. Desde la intoxicación informativa en los grandes medios, hasta el pago descarado a opinadores sin escrúpulos que no dudan en convertir el bulo en titular, y la mentira en costumbre. Han azuzado el miedo, han insultado a la inteligencia, y lo peor: han hecho de la manipulación un arma política. Lo que antes se escondía entre bambalinas ahora se exhibe sin pudor: provocadores a sueldo, agitadores disfrazados de periodistas, y ultraderechistas que asumen papeles de salvadores, cuando no son más que voceros de la rabia y el retroceso.

Pero la cosa no termina ahí. Ahora se suman los jueces. Sí, los que deberían representar la imparcialidad, el equilibrio, la mesura. Resulta que estos jueces, algunos al menos —no todos, pero sí demasiados—, han decidido que también ellos pueden convertirse en actores políticos. Se han quitado la toga de la justicia y se han puesto la camiseta de la oposición más rancia. Han anunciado huelgas que, por su estatus, ni siquiera son legales. Pero eso parece no importarles. Se sienten impunes. Blindados. Protegidos por un sistema judicial que, lejos de corregir excesos, los perpetúa.

Porque no estamos hablando de una justicia ciega. Estamos hablando de una justicia que mira con lupa según quién tenga enfrente. Que absuelve con generosidad a quienes contaminan ríos, vulneran derechos humanos, promueven discursos de odio, o explotan a mujeres y violan a menores. Pero que se vuelve implacable con sindicalistas, activistas sociales, periodistas incómodos o manifestantes pacíficos. ¿Es esa la justicia que queremos? ¿Es eso lo que debe representar un juez?

Vamos mal, muy mal. Desde los “topos” que se infiltran en colectivos sociales, pero que luego votan a partidos que desprecian esos mismos colectivos, hasta los jóvenes que veneran a tipos que se disfrazan de héroes patrióticos mientras lucen camisas dos tallas más pequeñas para marcar músculo y testosterona, al estilo de la legión. Tipos con ideología de neandertal —nean-bascales, si se me permite el juego de palabras— que han secuestrado símbolos como la bandera y han convertido el discurso político en puro populacho, manipulando incluso ideas progresistas si con ello ganan un par de aplausos más.

Y ante todo esto, uno se pregunta: ¿dónde está el Gobierno? Porque sí, tenemos el Gobierno más progresista desde que terminó la dictadura que tanto añoran esos “desesperaícos”. Pero su falta de respuesta ante el avance del fascismo —sí, fascismo, llamémoslo por su nombre— es alarmante. No basta con legislar bien. No basta con avanzar en derechos. Si permites que el enemigo crezca dentro de tu propia casa, te estás condenando a perderla.

Cuando llegó la pandemia, se tomaron medidas excepcionales. Se cerraron ciudades, se impusieron restricciones, se movilizó el Estado entero para proteger vidas. Hoy, deberíamos movilizarnos de igual manera contra el virus del odio, del machismo, del racismo, de la intolerancia. Ese virus que está infectando las instituciones, que ya habita cómodamente en la judicatura, en algunos cuerpos policiales, en los medios, en la escuela incluso. Ese virus que no se combate con silencio ni con paños calientes.

No es momento de tibiezas. No es momento de equilibrios imposibles. A la extrema derecha no se le convence. A la extrema derecha se le derrota. En las urnas, en los juzgados, en los parlamentos, en la calle, en los medios. No podemos permitirnos retroceder noventa años, volver al 36, volver a una España donde la mitad del país aplastaba a la otra mitad. No se puede jugar con fuego cuando sabemos que ya hay quienes están dispuestos a prender la mecha.

Y en este contexto, repito: ¿qué papel están jugando los jueces? ¿A qué intereses responden? ¿Por qué tanto silencio ante ciertos delitos y tanta dureza ante la protesta legítima? ¿Cómo es posible que un agresor sexual reciba más comprensión que un joven que se manifiesta contra la injusticia? ¿Qué clase de justicia es esa?

Nos quieren volver al tiempo de las cavernas. Lo repito y no me retracto. Y si no levantamos la voz ahora, mañana será tarde. Nos toca defender la democracia no sólo desde el gobierno, sino desde abajo. Desde los barrios, desde las aulas, desde cada espacio donde aún late la dignidad. Porque el fascismo no llega con tanques, llega con togas, con micrófonos, con votos, con bulos. Y si no lo paramos, volveremos a ser víctimas de su odio.

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