Cuando el silencio se convierte en cómplice: la verdadera propaganda de VOX

 


Quienes callan ante el odio, lo avalan. Y quienes miran hacia otro lado, lo fortalecen.

En los últimos días, hemos sido testigos de algo que, lamentablemente, no sorprende pero sí indigna. Las recientes manifestaciones de odio y racismo ocurridas en Torre Pacheco no han surgido de la nada. No han sido un fenómeno espontáneo ni aislado. Han sido el fruto previsible de años de discursos que señalan, estigmatizan y dividen. Discursos que VOX y sus dirigentes han repetido con precisión calculada, sabiendo que envenenar el clima social les reporta rédito político.

Pero lo más alarmante no es solo lo que VOX dice o hace —que ya de por sí es grave— sino lo que otros partidos permiten con su inacción, con su silencio o, peor aún, con su justificación disfrazada de estrategia.

Este jueves pasado, en los Plenos de San Javier y San Pedro del Pinatar, se presentó la oportunidad de marcar una posición clara contra el racismo. No era cuestión de matices ideológicos ni de diferencias programáticas; era cuestión de principios democráticos básicos. Y sin embargo, salvo honrosas excepciones, reinó el silencio.

Algunos se ampararon en un argumento que, aunque pueda sonar razonable a primera vista, no resiste el más mínimo análisis: “No queremos darles publicidad”. Una frase que, traducida a la realidad, significa: “Preferimos no incomodar, aunque eso implique dejar sin respuesta el discurso del odio”.

Conviene recordarlo: la historia está llena de ejemplos de lo que sucede cuando el odio se enfrenta al silencio. Nunca se debilita. Al contrario, crece. Se normaliza. Se convierte en parte del paisaje social. Y quienes, por cálculo o por miedo, eligen callar, terminan convertidos en cómplices involuntarios pero efectivos.

En el Pleno de San Javier, una concejala llegó incluso a ofrecer una versión distorsionada y peligrosa de los hechos de Torre Pacheco, afirmando que los “racistas” eran los marroquíes y que los congregados, en su mayoría españoles, se comportaban pacíficamente. Que VOX no había fomentado el odio, como afirman los medios. Este tipo de declaraciones no solo blanquea lo ocurrido, sino que invierte la carga moral, presentando a las víctimas como culpables y a los instigadores como inocentes.

Resulta imposible no preguntarse: ¿en qué momento se decidió que la defensa de la dignidad humana y la igualdad ante la ley podía ser tratada como una cuestión táctica, sujeta a cálculos de oportunidad política? ¿Acaso no es responsabilidad de cualquier representante público condenar, sin matices ni rodeos, cualquier manifestación de odio?

El racismo no se combate con silencio, sino con una respuesta clara, firme y pública. No hacerlo, como se ha visto esta semana, no evita que VOX hable; al contrario, les deja el espacio libre para imponer su relato. Y eso sí que es darles propaganda: la propaganda del silencio cómplice.


Los carteles que hemos visto estos días, los mensajes que circulan y las actitudes en las calles no surgen porque sí. Son la consecuencia directa de discursos políticos que deshumanizan, que buscan un enemigo interno al que culpar de todos los males. Discursos que encuentran terreno fértil cuando quienes podrían contrarrestarlos deciden no hacerlo.

No se trata de “darles minutos de gloria”, como dicen algunos. Se trata de arrebatarles la comodidad de poder hablar sin réplica. Se trata de impedir que sus palabras queden sin contradicción en la memoria pública. Porque cada mentira que no se enfrenta se convierte en una verdad aceptada por demasiados.

VOX no necesita que se hable bien de ellos para crecer; les basta con que no se les contradiga. Les basta con que las instituciones democráticas no se atrevan a señalarles como lo que son: promotores de odio. Y en este sentido, quienes callan les están haciendo el trabajo gratis.

En el vídeo que acompaña a este texto, se puede ver cómo, en San Pedro del Pinatar, una concejala no adscrita tuvo al menos el valor de aludir, aunque de forma suave, a las muestras de racismo. Su intervención, aunque insuficiente para frenar la ola, al menos rompió el coro del silencio. Y eso, en el clima actual, ya es un gesto que merece reconocimiento.


El resto, con su inacción, han dejado claro que prefieren no arriesgar. Que piensan más en no “dar juego” a VOX que en defender a las personas contra las que se dirige su odio. Que creen que el fascismo se combate mirando hacia otro lado.

La historia no recordará con admiración a quienes, teniendo voz y responsabilidad, optaron por el silencio. Y tampoco se salvarán con excusas de que “no querían dar publicidad”. El tiempo demostrará que, con esa actitud, no solo no frenaron la expansión del odio, sino que la facilitaron.

El racismo y la xenofobia son como el fuego: si no se apagan de forma activa, se extienden. Si no se les corta el oxígeno, arrasan. Y esta semana, en dos municipios que tenían la oportunidad de plantar cara, algunos decidieron avivar las llamas con su silencio.

Hoy, el verdadero problema no es solo VOX. Son todos aquellos que, por miedo, comodidad o cálculo, han decidido dejarles el terreno libre. Porque en política, como en la vida, callar ante la injusticia es ponerse del lado del injusto.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Fuente Álamo no es el vertedero del sureste

¡Logrado: la Asamblea garantiza el acceso libre a Cala Morena!

San Pedro del Pinatar empieza, por fin, a salir del callejero del franquismo