DATO MATA RELATO

Por Manel Aparicio

Hoy toca aplaudir a Virginia Barcones, directora general de Protección Civil. Y no por cortesía, sino porque ayer dijo lo que muchos pensamos: que algunos responsables autonómicos, en vez de dedicarse a proteger a su gente y a su territorio, prefieren dedicarse a fabricar excusas y a montar teatrillos políticos.

Las crónicas de El País y Público lo cuentan claro: Galicia, Castilla y León y Extremadura —todas con gobiernos del PP y Vox— se pasaron días enteros buscando a quién culpar de los incendios, en vez de reconocer que fueron ellas mismas las que tardaron en pedir ayuda. Es la misma película que con la DANA: todo es culpa de Madrid. Si se inunda una carretera, culpa de Madrid; si arde un monte, culpa de Madrid; si se muere Manolete, también.

Mientras tanto, sus presidentes, en lugar de hablar de responsabilidades, se dedican a hablar de culpabilidades. La diferencia no es pequeña: asumir responsabilidades es gestionar, poner soluciones y prevenir. Hablar de culpabilidades es lavarse las manos y mirar hacia otro lado. Y de eso, la derecha y la ultraderecha saben un rato.

El problema es que esa “derechita cobarde”, aliada ahora con la ultraderecha de Vox, anda tan desesperada por no perder votos que se ha puesto a competir en ver quién suelta la burrada más gorda. Se acabaron los matices: lo que vale es insultar, exagerar y soltar bulos. Desde que perdieron la oportunidad de gobernar España y de meter mano a miles de millones en fondos europeos, van a la desesperada. Y claro, cuando la rabia es más grande que la razón, lo que sale por la boca es pura bilis.

Ahí está el señor Elías Bendodo, que últimamente parece empeñado en ser el campeón del insulto fácil, al más puro estilo “Miguel Tellado”, tal vez buscando escalar puestos en su partido. Su última genialidad: llamar “pirómana” a Barcones. Sí, a la directora de Protección Civil, la misma que coordina equipos para apagar fuegos. Un nivelazo. Eso no es oposición política, eso es bajarse a la barra del bar de turno, pedir un carajillo y soltar lo primero que se le ocurre al borracho de al lado. La diferencia es que el borracho se paga su copa, y Bendodo vive de nuestro dinero.

¿De verdad vamos a tolerar que un político que cobra de nuestros impuestos se comporte como un abrazafarolas profesional, un bebecharcos de manual? Si quiere gritar y soltar barbaridades, que se pague un taburete en una tasca y no un escaño en el Parlamento. A esta gente habría que darle el despido procedente, pero sin finiquito ni privilegios.


Lo más grave es que, mientras ellos se pelean por el foco mediático, el monte se quema, los pueblos sufren y la gente pierde su casa, su ganado y hasta la vida. Y cuando por fin se deciden a pedir ayuda a Emergencias, lo hacen uno detrás de otro, como si se hubiesen puesto de acuerdo para colapsar el sistema. ¿Casualidad? ¿O estrategia para luego poder decir que el Estado no respondió a tiempo? La duda está ahí, y cada ciudadano tiene derecho a planteársela.

Porque al final, las palabras vuelan, pero los datos quedan. Y los datos muestran retrasos, muestran improvisación y muestran que la prioridad de algunos presidentes autonómicos no era apagar el fuego, sino encender el ventilador de culpas.

No nos engañemos: lo que está en juego no es solo el futuro de nuestros bosques, ni siquiera la seguridad de las personas, que ya sería suficiente. Lo que se juega aquí es la credibilidad de una clase política que ha decidido que insultar y culpar al adversario vende más que trabajar y dar soluciones.

Por suerte, frente a todo este circo, quedan los profesionales: bomberos forestales, brigadistas, voluntarios y vecinos que, sin ruido ni focos, se dejan la piel por salvar lo que es de todos. Ellos son los que merecen el aplauso, el respeto y los recursos. Los otros, los de la bronca y el insulto, solo merecen que los mandemos a paseo.

Así que, una vez más: dato mata relato. Y los datos, por mucho que les duela, les dejan en evidencia.

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