Lorca vive, el fascismo no pasará
Por Manel Aparicio
Federico García Lorca fue asesinado hace hoy ochenta y nueve años. No murió: lo mataron a tiros, en la madrugada del 18 de agosto de 1936, por las balas de unos golpistas que quisieron enterrar con él a la libertad y a la democracia. Lorca era poeta, dramaturgo, artista total, pero también era la viva imagen de la España plural, luminosa, moderna y abierta que se abría camino bajo la República. Su voz era la voz de la cultura, de la belleza, de los humildes que soñaban con un país justo. Por eso lo asesinaron: porque no soportaban la vida libre, ni la inteligencia, ni el derecho a ser diferente.
El crimen contra Lorca no fue un hecho aislado. Fue parte de un plan de exterminio, de un genocidio político, diseñado por los generales sublevados. Queipo de Llano, borracho de odio, lanzaba desde la radio sus soflamas de violación y sangre. Emilio Mola dictaba con frialdad que era necesario “sembrar el terror”. Víctor Pradera y José Antonio Primo de Rivera alimentaban con tinta y discursos la idea de una España uniformada, sin voces disidentes, sin pluralidad. Y Franco, que se alzó sobre los cadáveres de medio país, consolidó un régimen de terror que duró cuarenta años, lleno de cárceles, fusilamientos, censura y silencio.
Ochenta y nueve años después, los herederos de aquellos verdugos se pasean impunes, con corbata y sonrisa de tertuliano, en los parlamentos y en los platós de televisión. Cambian las formas, pero no el fondo. Vox, con Santiago Abascal al frente, no oculta su nostalgia de aquella España negra, uniforme y autoritaria. Hablan de “reconquista”, de “enemigos internos”, de “traidores a la patria”, repitiendo palabra por palabra los discursos de Mola y de Franco. Y el Partido Popular, con Feijóo y Ayuso a la cabeza, se pliega a ellos una y otra vez, incapaz de marcar una línea roja frente al fascismo, porque en el fondo comparten la misma matriz: el odio a la izquierda, el desprecio a la memoria de las víctimas, la defensa a ultranza de los privilegios de unos pocos.
Que nadie se engañe: cuando Vox ataca la ley de memoria democrática, está defendiendo a los verdugos de Lorca. Cuando Ayuso ridiculiza las exhumaciones de las fosas comunes, está escupiendo sobre las familias que aún buscan a sus muertos. Cuando Feijóo pacta gobiernos autonómicos con la ultraderecha, está entregando las llaves del futuro a quienes sueñan con devolvernos al pasado más oscuro. Son los lacayos de aquel terror, aunque se envuelvan en banderas y proclamen amor a España. ¿Amor? No: lo suyo es la vieja obsesión de siempre, el deseo de uniformar, callar y someter.
Frente a ellos, nuestra tarea es clara: no callar nunca. Recordar a Lorca es recordar a las decenas de miles de fusilados que aún yacen en las cunetas. Es recordar que la democracia no es un regalo caído del cielo, sino una conquista arrancada con sangre, cárcel y exilio. Y es advertir que cada vez que toleramos un discurso de odio, cada vez que normalizamos la mentira, cada vez que aceptamos que se insulte a los diferentes, damos un paso hacia atrás, abrimos la puerta a que regresen los verdugos.
No es retórica. Basta escucharles. Cuando Abascal señala a los inmigrantes como enemigos, repite la táctica de siempre: inventar un enemigo para cohesionar al rebaño. Cuando Ayuso habla de “libertad” para atacar la sanidad pública o para defender a los poderosos, está vaciando de contenido esa palabra que tanto costó conquistar. Cuando Feijóo guarda silencio ante los pactos con quienes niegan la violencia machista o los derechos LGTBI, está siendo cómplice del mismo proyecto que en 1936 acabó con la vida de Lorca.
No hay medias tintas. O se está con la democracia, con la memoria, con la pluralidad, o se está con los herederos del fascismo. Y quienes hoy ocupan escaños, platós y micrófonos para negar el pasado, para insultar a las víctimas, para imponer su verdad única, son la avanzadilla de un nuevo intento de someternos.
Por eso hay que responder con la misma contundencia con la que Lorca vivió y escribió: con belleza, sí, pero también con valentía. Que sepan que no tenemos miedo, que no nos acobardamos, que sus gritos no tapan la voz de la memoria. Ellos tienen la nostalgia del yugo; nosotros tenemos la certeza de la libertad.
Federico fue asesinado por representar esa libertad. No lo olvidemos nunca. Y no olvidemos que su muerte nos obliga a no repetir los errores del pasado. Que cada vez que escuchamos a un Abascal, a una Ayuso, a un Feijóo, debemos recordar que en su discurso resuena, disfrazada de modernidad, la misma voz que disparó contra el poeta en la madrugada de aquel agosto.
La poesía de Lorca sigue viva, y seguirá viva mientras nosotros sigamos peleando. Porque la palabra vence al odio. Porque la memoria vence al silencio. Porque la libertad, cuando se defiende, no puede ser derrotada.
¡LORCA VIVE, EL FASCISMO NO PASARÁ!


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