La pérdida del respeto en la era digital: reflexiones después de Byung-Chul Han


Por Manel Aparicio

Nota: Sé que hoy en las redes se impone lo breve, lo que se lee sin pensar y se comenta sin entender. Este texto no cumple ese requisito. Es largo, porque las ideas, cuando se quieren explicar bien, necesitan su espacio. Si no estás dispuesto a leerlo entero, no critiques: solo estarías retratándote en lo que aquí se cuestiona. Gracias.

Nadie, que me conozca, podría acusarme de ser monárquico. Nada más lejos de mi ideología: no concibo justo, democrático o progresista un régimen heredero del derecho divino o de los placeres simbólicos inaccesibles al ciudadano corriente. Por eso, cuando hace pocos días se celebraron los Premios Princesa de Asturias, no me interesé por lo que pudiera ver en su emisión. Siempre procuro evitar cualquier acto en el que pueda aparecer, o presidir, el ciudadano Felipe, al igual que lo hice con el “sin mérito” Juan Carlos, a quien considero —sin ánimo de insulto pero con firmeza— un símbolo de lo que no deseo para nuestra forma de convivencia.

De todas formas, intento enterarme a quiénes se ha premiado y por qué. Este año, tuve la suerte de que una camarada, Mabel, me hizo llegar el discurso completo del premio de Comunicación y Humanidades, concedido a Byung-Chul Han. Desde luego, lo leí con sumo interés. No conocía a este autor, pero su discurso me cautivó: estoy de acuerdo, prácticamente, con casi todo lo que defendía.

Ha habido varios puntos en su intervención que me llamaron especialmente la atención: algunos porque los he vivido en primera persona, otros porque mis convicciones coinciden completamente. Una frase con la que me sentí muy identificado reza: «Las redes sociales también podrían haber sido un medio para el amor y la amistad, pero lo que predomina en ellas es el odio, los bulos y la agresividad». Y, me da risa pensar, por lo que pueda opinar algún vecino de San Pedro del Pinatar, entre los cuales, el argumento para llevarte la contraria, suele consistir simplemente en insultarte.

Otra frase que llamó mi atención: «Tampoco estoy en contra de la Inteligencia Artificial. Puede ser muy útil si se emplea para fines buenos y humanos. Pero también con la Inteligencia Artificial existe el enorme riesgo de que el ser humano acabe convertido en esclavo de su propia creación». Esta me hizo sonreír, por lo de “convertido en esclavo”. Yo diría que puedes acabar siéndolo por pura necesidad. A propósito: tengo un conocido que trabaja en comunicación, y quienes lo conocemos sabemos que cuando él escribe, se nota; y cuando es “la IA” la que lo escribe… se nota también. ¿Cómo lo sabes? Muy fácil: lo adivinas por su carencia de faltas de ortografía y de expresión. Jajaja. Algo tan simple de superar, pero que se convierte en “necesidad”, porque lo cómodo es que te den contenido, aunque sea impersonal y “bien escrito”.

Y sobre ese tema de fondo: «Últimamente he reflexionado mucho sobre la creciente pérdida de respeto en nuestra sociedad. Hoy en día, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo». Tal vez haya que plantear trabajarlo, este asunto, a mis vecinos pinatarenses, tan “empáticos” en las redes.

Y lo que más me gustó —me sentí plenamente identificado— fue cuando dijo: «…No son pocas las personas a las que mi crítica cultural ha irritado, … Pero es que, si no hay irritaciones, lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro. Es cierto que he irritado a la gente…». Pues sí: no voy, a estas alturas de mi vida, a publicar trabajos de fontanería o tiendas de textil (esas sí que parecen no molestar a nadie), para evitar irritar.

Argumentación y profundización

Lo que Han denuncia es un cambio profundo: las herramientas que podrían liberarnos —las redes, los smartphones, la IA— están funcionando al revés. En vez de ampliar nuestra capacidad de dialogar, de hacernos más empáticos, de conectarnos genuinamente, están convirtiéndonos en autómatas del like, de la reacción rápida, de la indignación inmediata.

En ese sentido, el insulto se convierte en la forma rápida de refutar al otro, o simplemente de borrarlo del campo de batalla del discurso. Ya no es cuestión de razonar, de argumentar: es cuestión de anular, silenciar, ofender. Y si aquel vecino de San Pedro adopta esa estrategia, no está solo: muchos lo hacen. Porque exige menos pensar y ponerse en el otro, exige menos escuchar. Exige solo reaccionar.

Las redes sociales podrían haber sido un medio para la amistad o el amor (como él dice) pero lo que vemos es que «predomina el odio, los bulos y la agresividad». Ese “predomina” es clave: no es una excepción, no es que haya un poco de agresividad; es que esa agresividad está estructuralmente presente. Y cuando una herramienta se diseña (o se adapta) para el enfrentamiento, para el reclamo rápido, para la indignación viral, lo lógico es que se desplace el respeto.

En el ámbito de la inteligencia artificial, también: la frase «el enorme riesgo de que el ser humano acabe convertido en esclavo de su propia creación» me parece razonable. Porque si delegamos en la IA producir contenidos, tomar decisiones, filtrar información…, corremos el riesgo de que lo que hacíamos nosotros (pensar, discernir, dialogar) lo haga una máquina. Y en ese momento, paradójicamente, somos menos libres. Somos cautivos de lo automático, de lo optimizado, de lo diseñado para generar engagement, para vender, para manipular y ser manipulados creyéndonos que somos lo mejor. Han lo dice: «El teléfono inteligente nos utiliza a nosotros, y no al revés».

Eso me conecta con la anécdota del conocido que trabaja en comunicación: cuando se advierte que su texto no es suyo, sino de la IA, es precisamente porque está “demasiado bien escrito”, sin las irregularidades que caracterizan una voz humana, sin ese toque de error, de duda, de singularidad. Eso me hace pensar: la imperfección humana —la falta de ortografía, el giro personal, el error consciente— también es un indicio de autenticidad, de voz propia. Y si lo que predomina es lo perfecto, impersonal, automatizado… ¿qué huella dejamos? ¿Cuál es nuestra voz? ¿Cuál nuestro debate?

Y luego el tema del respeto, de la diferencia de opinión. Han afirma que cuando alguien discrepa de nosotros, ya lo declaramos enemigo. Esa frase corta: «Hoy en día, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo». Me suena a lo que vivo en redes, en los grupos de barrio, en las conversaciones que empiezan como normales y acaban a gritos. ¿Por qué? Porque no hay espacio para la reflexión, para la duda, para la pregunta: solo estamos listos para atacar. Y cuando se pierde el respeto, se pierde también la posibilidad de convivir, de construir, de progresar.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué significa “respeto”? No solo tolerar que alguien tenga otra idea, sino reconocer que esa idea viene de una persona que tiene un contexto, una historia, una voz. Cuando el respeto se diluye, esa persona deja de existir como interlocutor y pasa a ser “el otro enemigo”, “el troll”, “el ignorante”, “el manipulador”. Y entonces la conversación ya no avanza. Y, como Han advierte, «si no hay irritaciones, lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro». Lo repetido, lo inmóvil, lo que no se cuestiona, esa es la muerte de la innovación y del pensamiento crítico.

En un fragmento crucial del discurso: «Somos como aquel esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo creyendo que así se libera». Esa imagen está ahí: nos creemos libres porque decidimos trabajar más, porque decidimos compartir más, porque decidimos “ser visibles”, “ser influyentes”… pero al final acabamos explotados por nosotros mismos, esclavos de nuestra propia vitalidad, de nuestra propia disponibilidad. Esa metáfora conecta con la idea de la autoexplotación que Han desarrolla en sus libros.

Y entonces, ¿qué hacer? No pretendo dar aquí un manual completo, pero sí lanzar líneas de reflexión:

  • Recuperar la pausa: no estar siempre conectados, no reaccionar al primer tuit o al primer comentario. La reflexión exige silencio, exige espera. Esto conlleva recuperar espacios de interlocución distintos a los de la reacción inmediata.

  • Valorar la imperfección: cuando privilegiamos el texto perfecto de la IA o el comentario fulminante que acaba con la idea del otro, perdemos la voz, lo humano y lo frágil. Aceptemos la errata, la duda, el matiz.

  • Practicar el respeto como principio activo: significa escuchar sin ya preparar el contraataque; significa aceptar que el otro tiene algo que decir y que quizás me desafíe; significa no declararle “enemigo” por tener otra opinión.

  • Regular la tecnología: como señala Han, no se trata de demonizarla, sino de reconocer que la tecnología sin ética puede resultar monstruosa. Si la IA o los algoritmos dominan sin control político, sin debate social consciente, corremos un riesgo real.

Conclusión

En definitiva: he sentido que el discurso de Byung-Chul Han me hablaba, me aludía, y me dejó pensando que todo esto —las redes agresivas, la pérdida del respeto, la seducción de la tecnología sin control— no es solo asunto de “otros”, sino de todos nosotros. Y desde mi rincón en este municipio, entre vecinos que a veces prefieren el insulto a la palabra, entre comunicaciones que detecto como “IA versus humano”, me reafirmo en que si queremos una sociedad mejor, tenemos que volver a respetar, escuchar, y reconocer al otro como persona, con sus imperfecciones, con sus dudas, con su humanidad.

No me alzo como moralista supremo; simplemente comparto un espejo en el que me he visto reflejado gracias a ese discurso, y lo comparto contigo, lector.

Si has llegado hasta aquí, sin saltarte ningún párrafo, te doy las gracias. Y te dejo, a continuación, la intervención de este premiado:



Comentarios

  1. Manel, tu claridad apabulla. Tal cual lo explicas. Y lo peor es que, a base de ver y leer esa agresividad, tienes que plantearte no caer en ella porque llega a tener tanta fuerza que te arrastra. Y, sino, optas por el "yo también te quiero" para no caer en esa red.
    Y respecto a la IA...la odio porque me vacila, no me permite discernir lo real y lo "IAtero" y eso me dice que que ella es muy lista y yo no tanto. Es una osada xapulla!!! 😀😀😀😀

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    Respuestas
    1. ¡Ay, Marisiña! Qué gusto leerte 😊
      Tienes toda la razón: esa agresividad acaba calando, aunque uno intente mantenerse al margen. Lo peor es que, a veces, sin darte cuenta, te descubres contestando con la misma energía que criticas. Por eso me gusta eso que dices del “yo también te quiero”; es una manera preciosa (y elegante) de desactivar la tormenta.

      Y lo de la IA… jajajaja, me ha hecho reír. Sí, la muy “xapulla” tiene ese punto de vacile digital que desconcierta. Pero mira, mientras tú sigas teniendo ese sentido del humor y esa lucidez para distinguir lo auténtico, no hay algoritmo que te gane 😉

      Un abrazo enorme, y gracias por dejar siempre comentarios que dan ganas de seguir escribiendo. 🌻

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