Nada que celebrar (y sí mucho que denunciar)


Por Manel Aparicio

Hoy, 12 de octubre, muchos sacan pecho envueltos en banderas para celebrar “la Hispanidad”. Hablan de “encuentro entre culturas”, de “legado común” y de “unidad”. Pero bajo ese barniz glorioso, la realidad es otra: no hay nada que celebrar. Lo que empezó en 1492 no fue un abrazo fraternal entre pueblos, fue una invasión brutal que costó millones de vidas, culturas arrasadas y un continente sometido.

Tal como recuerda el artículo “El 12 de octubre en América Latina: nada que celebrar” de Público, en América Latina este día no se vive como fiesta, sino como herida abierta. La llegada europea trajo consigo exterminio, saqueo, esclavitud y racismo institucionalizado. El relato oficial que aquí se celebra es, simplemente, el de los vencedores que escribieron la historia con sangre ajena.

César G. Calero, en “Visión de los vencidos”, cita la voz de los pueblos nahuas tras la conquista: “Rojas están las aguas, cuando las bebimos era como si bebiéramos agua de salitre”. No es poesía, es memoria de un genocidio. Y sin embargo, aquí se responde a esa historia con desfiles militares, discursos huecos y símbolos imperiales reciclados.

Seamos claros: un desfile no borra un genocidio. La estética marcial y los discursos patrioteros no convierten a un imperio depredador en héroe cultural. Pretender que el 12 de octubre es “un día de orgullo nacional” es como si un pirómano celebrara el aniversario del incendio de una casa ajena con fuegos artificiales.

Y luego está el momento surrealista de la jornada: la cabra desfilando. Una cabra uniformada, rodeada de tipos con medallas y cara de importancia, marchando como si aquello tuviera algún significado elevado. En realidad, no hay mejor símbolo para esta farsa que una cabra paseando con dignidad impostada entre banderas. Un acto tan grotesco que casi parece una sátira política escrita por accidente.

Mientras algunos repiten consignas sobre “unidad” y “legado compartido”, lo que se celebra —con toda la pompa— es una historia de dominación colonial que dejó tras de sí muerte, explotación y racismo estructural que aún no se ha desmantelado. La “Hispanidad” no es un legado luminoso: es la marca de una herida que nunca cerró.

Los discursos de políticos que reivindican ese pasado no son inocentes: buscan blanquear la violencia imperial y legitimar el presente con mitos gloriosos. Desde América Latina, en cambio, el 12 de octubre es el Día de la Resistencia, de la Descolonización, del Respeto a la Diversidad Cultural. Mientras aquí se pasea una cabra, allí se recuerda la masacre.

El poder siempre escribe la historia a su conveniencia: convierte genocidas en héroes y saqueadores en conquistadores. Pero la memoria de los vencidos está ahí, y si hoy algo vale la pena hacer, no es celebrarlo, sino denunciarlo sin adornos.

No hay nada que celebrar el 12 de octubre. Ni desfile, ni bandera, ni cabra maquillarán lo que fue: un crimen histórico.

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