Manual práctico del imperio: cómo invadir un país y llamarlo “normalización”


Por Manel Aparicio

Este sábado 3 de enero el mundo volvió a comprobar que la historia, o se repite o se parodia a sí misma. Desde el entrañable país de los cowboys y los revólveres con licencia moral, descendientes directos de Billy el Niño, Jesse James o Wyatt Earp y demás próceres del gatillo alegre, decidieron “visitar” Caracas. Una visita armada, claro está, con secuestro incluido: Nicolás Maduro y su esposa, rumbo a Estados Unidos para ser juzgados bajo ese género literario tan querido por Washington llamado “narcoterrorismo”.

Al frente del espectáculo, cómo no, Donald Trump, ese prócer del orden mundial que gobierna como si el planeta fuera un casino de su propiedad. En sus primeras declaraciones —siempre tan pedagógicas— explicó que Estados Unidos iba a “restablecer la normalidad” en Venezuela. Normalidad entendida, por supuesto, como control político, ocupación militar y gestión directa del petróleo. Es decir, democracia en estado puro… siempre que el crudo fluya.

El magnate de epidermis anaranjada y ego inflamable, incluso tuvo tiempo de felicitarse porque, según él, no hubo víctimas mortales durante el asalto. Una operación militar sin muertos —más de 100 fallecidos según varios medios— : una hazaña digna de Marvel. Pero claro, todo es cuestión de perspectiva. Desde la cómoda atalaya del supremacismo, como puede sentir cualquier miembro o simpatizante del Ku Klux Klan, las vidas latinoamericanas no siempre cuentan como vidas. A veces son solo decorado.

No seamos injustos: Trump podrá ser un trilero con corbata, pero no es tonto. El pueblo venezolano no le interesa más que el menú de un vuelo transatlántico. Lo que importa es el petróleo, ese elixir que convierte invasiones en “misiones” y saqueos en “ayuda internacional”. Y si de paso se consigue distraer a la opinión pública estadounidense de ciertos asuntos turbios —Epstein, por ejemplo—, mejor que mejor. Geopolítica multitarea.

Como buen defensor de la democracia, Trump actuó sin el incómodo trámite del parlamento. ¿Para qué perder tiempo con legalidades cuando se tiene el ejército más grande del mundo? Exactamente el mismo método que emplean los dictadores o “caudillos” omnipotentes… pero con mejor departamento de marketing.

Algunos países han condenado la invasión, lo justo para cubrir expediente y seguir vendiendo armas. Mientras tanto, el plan es de una transparencia casi enternecedora: ocupación militar, petróleo para Chevron y ExxonMobil y financiación de la propia ocupación con los beneficios del crudo venezolano. Colonialismo vintage, del de toda la vida. Llamarlo “liberación” es ese chiste recurrente del imperio que nunca deja de hacer gracia… al imperio.

Venezuela se encamina así a convertirse en una especie de Guantánamo ampliado, pero con palmeras. Un territorio tutelado, vigilado y exprimido en nombre de su propio bien. Y aun así, no faltan quienes celebran la invasión. Algunos venezolanos desesperados, otros tantos opinadores de barra de bar internacional. Confunden libertad con ruido de botas. Lo que llega no es libertad: es caos. Y si estalla una guerra civil, Trump no perderá el sueño. Él protegerá los pozos, no a la gente.

En España, la derecha y la ultraderecha aplauden el derrocamiento de lo que llaman “una dictadura”, los mismos que conviven sin problema con vestigios franquistas y nostalgias autoritarias. No es contradicción, es coherencia ideológica, la suya. Son trumpistas de salón, imperialistas sin portaaviones. Y la verdadera pregunta no es qué opinan de Venezuela, sino qué harían ellos si algún día tuvieran un poco más de poder —y de valor—.

Epílogo para ingenuos: cuando las bombas hablan de libertad

La historia es simple y se repite con una precisión casi obscena: Estados Unidos no invade países, los “corrige”; no roba recursos, los “administra”; no impone gobiernos, los “acompaña”. Y siempre, siempre, lo hace por nuestro bien. Así cayó Irak, así ardió Libia, así sangró Chile, y así amanece ahora Venezuela. El guion es tan viejo que huele a pólvora rancia y a petróleo recién sacado.

Quien todavía crea que esta invasión tiene algo que ver con derechos humanos debería preguntarse por qué la libertad siempre aterriza donde hay crudo y nunca donde hay hambre sin beneficios. Por qué las bombas caen con tanta puntería sobre pozos petrolíferos y tan poca sobre la pobreza estructural. Por qué la democracia estadounidense necesita tan a menudo escolta militar.

Hoy le ha tocado a Venezuela. Mañana será otro país “problemático”. Y pasado mañana, quién sabe. Porque el imperio no tiene amigos ni enemigos: tiene intereses. Y cuando habla de libertad, conviene agarrarse la cartera… y la memoria histórica.

Que nadie se engañe: esto no es el fin de una dictadura, es el inicio de una ocupación. No es un rescate, es un negocio. No es justicia, es fuerza bruta con bandera. Y mientras algunos aplauden, otros entierran a sus muertos, aunque no salgan en las ruedas de prensa.

La pregunta final no es qué hará Trump con Venezuela. La pregunta es cuántas veces más vamos a ver este espectáculo y seguir llamándolo democracia.

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