Crónica de una manifestación necesaria

Por Manel Aparicio

Este domingo participé, como cada año, en la manifestación contra la caza convocada por la Plataforma No A la Caza (NAC).
Este año no lo hice como coordinador. Por prescripción facultativa —y por salud— pedí a la Plataforma que buscara a otra persona que me sustituyera en esa labor. Y lo primero que quiero hacer es
dar las gracias públicamente a Sara Murcia por aceptar el relevo.

Es necesario dar paso a la savia nueva, a la gente joven que llega con fuerza y compromiso. Gracias, Sara. Me sentí muy a gusto acompañándote en esta reivindicación y estoy convencido de que lo vivido este domingo es solo el principio: triunfaste ayer y, si sigues fiel a la causa, triunfarás aún más en el futuro.



En los últimos años, la celebración de esta manifestación se ha vuelto más compleja. La coincidencia con la maratón que se celebra durante toda la mañana aísla el centro de la ciudad debido a los cortes de tráfico en calles adyacentes. Aun así, la asistencia fue aceptable y, sobre todo, comprometida.

Durante el recorrido se corearon consignas en defensa de los animales, que pueden verse y escucharse en el vídeo que grabé del acto. También recogí las intervenciones de Sara y Rubén, coordinadores de la manifestación, aunque en la grabación puede apreciarse cómo una persona insistía en colocarse delante de la cámara en más de una ocasión. Si la cosa continúa así, quizá algún día toque contar otras historias… pero no es este el momento.

Al llegar a la puerta del Teatro Romea, punto final de la marcha, se abrió un turno de micro abierto para quien quisiera intervenir. Fue entonces cuando una primera intervención, claramente politizada, generó incomodidad entre muchas de las personas allí presentes. Es una de las razones, por las cuales, no muestro esa intervención en el vídeo. Porque si algo ha caracterizado históricamente a la lucha animalista es su independencia: nunca hemos querido que ningún partido se apropie de una causa que pertenece a los animales, no a las siglas.



Aquello, sin buscarlo, dio aún más sentido al manifiesto que había preparado. Un texto que alertaba, precisamente, del riesgo de que el colectivo animalista sea utilizado con fines políticos. Durante mi lectura apareció la lluvia, hubo que mover altavoz y cámara, y el audio original no se oyó como hubiera sido deseable —algo que ya he corregido en el vídeo—, pero nada de eso impidió lo esencial: el mensaje llegó.

Lo vi en las miradas, en los gestos de complicidad, en el silencio atento. Y lo confirmé después, cuando varias personas me pidieron que publicara el manifiesto completo para poder compartirlo. Ahí supe que, pese a todo, había valido la pena.

Al final del acto, incluso después de las interferencias y de cierta manipulación política desde la difusión previa del evento, volví a sentir esa certeza íntima: los animalistas nos habíamos hecho oír. Esta vez, de verdad.



Confío en la fuerza de Sara.
Confío en que el relevo no implique renuncias.
Y confío en que el movimiento animalista siga usando la política cuando sirva para proteger a los animales, pero sin permitir jamás que los animales sean usados para otros intereses.


Los animales no necesitan portavoces interesados, ni salvadores de ocasión.
Necesitan coherencia, constancia y honestidad.

El movimiento animalista será fuerte mientras recuerde que su lealtad no es con siglas, ni con cargos, ni con fotografías, sino con quienes no pueden defenderse.

Cuando la voz que habla lo hace desde ahí, da igual la lluvia, el ruido o los intentos de tapar el mensaje:
los animales siempre acaban siendo escuchados.

Para quienes me pedisteis que difundiera mi manifiesto para copiarlo, aquí lo tenéis:

Hoy estamos aquí por quienes no pueden estar.
Por quienes no tienen voz, ni voto, ni micrófono.
Por quienes sienten miedo, dolor, abandono… exactamente igual que lo sentiríamos cualquiera de nosotros.

Cada año, cuando termina la temporada de caza, miles de animales son descartados como herramientas rotas.
Perros utilizados durante meses —o años— y abandonados cuando ya no “sirven”.
Atados, arrojados a cunetas, encerrados sin comida ni agua, asesinados de formas que cuesta incluso nombrar.
No son casos aislados. No son excesos puntuales.
Es la consecuencia directa de una actividad que
cosifica a los animales, que los reduce a instrumentos, a números, a propiedad.

La caza no es tradición cuando se sostiene sobre el sufrimiento.
No es cultura cuando normaliza el maltrato.
No es gestión cuando deja cadáveres, cuerpos exhaustos y refugios desbordados.

Estos animales sienten.
Sienten miedo cuando son golpeados.
Sienten ansiedad cuando son abandonados.
Sienten apego, dolor y también amor.
Negarlo no nos hace más libres, solo nos hace más crueles.

Pero hoy no hemos venido solo a denunciar.

Hemos venido también a recordar quiénes somos.

Somos una ciudadanía que ya no mira hacia otro lado.
Personas que entienden que el respeto a los animales habla de la calidad moral de una sociedad.
Personas que saben que amar a los animales no es una excentricidad: es justicia.

Participar, manifestarse, alzar la voz, sí sirve.
Sirve para cambiar conciencias.
Sirve para que quien duda, escuche.
Sirve para que quienes mandan sepan que no aceptamos el sufrimiento como norma.

Amar y respetar a los animales es un acto político en el sentido más noble de la palabra:
es decidir qué valores queremos que rijan nuestro mundo.

Y permitidme ahora que me dirija al colectivo animalista.

Gracias.
Gracias por no rendiros cuando cansa.
Gracias por seguir cuando decepciona.
Gracias por estar cuando no hay focos, ni fotos, ni aplausos.

Esta lucha es larga, y a veces duele.
Pero no olvidemos nunca
por qué empezamos.
No luchamos por protagonismo.
No luchamos por siglas.
No luchamos por carreras personales.

Luchamos por ellos.

Usemos la política cuando sirva para proteger a los animales.
Pero no permitamos que nadie use a los animales para hacer política.
Que no nos conviertan en decorado, ni en eslogan, ni en foto de campaña.

Nuestra fuerza está en la coherencia.
En la constancia.
En no perder el alma por el camino.

Los animales no entienden de colores,
pero sí entienden de cuidado, de abandono…
y de amor.

Y por ellos, por todos ellos,
seguiremos aquí.
Hoy.
Y todas las veces que haga falta.

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