Mawtini (sin grandilocuencias)


Por Manel Aparicio

Hay canciones que no se escuchan únicamente con los oídos. Hay canciones que entran despacio, casi sin pedir permiso, y terminan instalándose en algún lugar difícil de explicar. Eso me ocurrió hace unos días al escuchar Mawtini, el viejo himno palestino compuesto en 1934 sobre un poema de Ibrahim Tuqan.

No fue una versión militar ni grandilocuente. Era una voz sola, desnuda, casi frágil. Y quizá precisamente por eso dolía más.

Mawtini” significa “Patria mía”. Pero no habla únicamente de una bandera o de un territorio. Habla de algo mucho más profundo: del lugar donde uno pertenece, de la tierra donde descansan los recuerdos, de las calles que forman parte de la propia vida, de la necesidad de vivir sin miedo y sin odio.


Hace 78 años, en 1948, cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus hogares durante lo que el pueblo palestino recuerda como la Nakba, “la catástrofe”. Familias enteras abandonaron sus casas pensando que regresarían pocos días después. Muchos jamás volvieron. Perdieron sus pueblos, sus campos, sus fotografías, sus llaves, sus muertos y su vida tal y como la conocían. Y desde entonces, generación tras generación, aquel dolor sigue vivo en la memoria de millones de personas.

Resulta difícil imaginar lo que significa que te arranquen de tu tierra. Que una mañana deje de existir la vida que conocías. Que el lugar donde naciste pase a convertirse en un recuerdo. Quizá por eso “Mawtini” emociona tanto: porque no canta a la guerra, sino a la nostalgia, a la dignidad y al deseo de volver a vivir en paz.

El pasado sábado, con motivo del aniversario de la Nakba, decenas y decenas de personas recorrieron el centro de Murcia en solidaridad con el pueblo palestino. La manifestación partió desde la plaza del Cardenal Belluga, atravesó Trapería y Santo Domingo y finalizó frente a la Delegación del Gobierno, en Alfonso X.

Allí volvió a extenderse una enorme bandera palestina que ocupó buena parte de la plaza Belluga. Ya había ayudado otra vez a desplegarla tiempo atrás, pero nuevamente me impresionó. Hay algo difícil de describir en ver aquella tela ondeando sobre tantas manos distintas. Durante unos instantes, desaparecen las diferencias y solo queda una idea sencilla: nadie debería ser expulsado de su hogar.


El momento más intenso llegó al final del recorrido. Frente a la Delegación del Gobierno se izó una bandera palestina mientras sonaba Mawtini. Después ardieron imágenes de Benjamin Netanyahu y Donald Trump antes de la lectura del manifiesto. Pero, curiosamente, lo que más permaneció en mí no fue el fuego ni los gritos. Fue la música.

Aquella canción parecía contener tristeza, memoria y esperanza al mismo tiempo.

Y mientras sonaba, pensé que quizá todos los pueblos terminan pareciéndose más de lo que creemos. Yo soy catalán. Nadie me expulsó de mi tierra; me marché voluntariamente. Pero también he visto demasiadas veces cómo algunas personas desconfían del diferente, cómo se levantan fronteras invisibles entre vecinos, cómo el odio acaba ocupando espacios donde debería existir humanidad.

Tal vez por eso aquella voz me atravesó de esa manera.

Porque al final, más allá de ideologías, religiones o banderas, casi todos deseamos lo mismo: vivir tranquilos, sentirnos aceptados, poder abrazar nuestra tierra sin miedo y dejar a nuestros hijos un lugar un poco más habitable que el que encontramos.

Ojalá algún día canciones como Mawtini dejen de sonar como un lamento y puedan escucharse únicamente como memoria. Señal de que, por fin, la paz encontró un lugar donde quedarse.

Vídeo del izado de bandera y lectura del manifiesto:



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