Memoria viva: mi propia historia frente a la dictadura
Nací en 1955 en Catalunya, bajo los escombros de la dictadura franquista. Crecí sintiendo sus ecos: familiares callados, calles sin nombres, y una imposición constante del castellano. Durante mi adolescencia y juventud, la Policía y la Guardia Civil intervenían si hablábamos en catalán en público. Nos prohibían cantar, nos acallaban el idioma propio. No era delito: era represión.
No hace mucho, cuando llegué a vivir a San Pedro del Pinatar (Región de Murcia), lo vi con mis ojos. Allí permanecían 32 calles que homenajeaban a personajes franquistas, instrumentos de represión o episodios de aquel régimen. Calles dedicadas a barcos de guerra, a militares de la dictadura, lugares que celebraban su "gloria" sangrienta. Esa ignominia me revolvió. Decidí hacer un informe exhaustivo y presentarlo ante el ayuntamiento: un acto de denuncia ciudadana, una forma de levantar una voz que el sistema aún silenciaba.
Durante esa tarea conocí a Bernardo Sánchez, entonces presidente de la Asociación de Memoria Histórica de Cartagena. Él me acompañó cuando presenté mi informe a los medios. Fue el inicio de una colaboración en temas de la Memoria: asisto habitualmente a actos que organizan desde la Asociación: homenajes, conferencias, obras de teatro reivindicando la memoria histórica, etc. Enseñamos historia, desmontamos mentiras, señalamos calles, cualquier vestigio, que todavía rinden pleitesía a asesinatos y represión. Y así lo hago porque entiendo que la memoria no se gana desde el silencio, sino desde el compromiso y la constancia.
Ayer Bernardo me pasó un enlace de Público, y leyendo la noticia sobre el silencio, el olvido y la impunidad, siento el mismo revuelo interior. Siento indignación porque todo aquello que viví —la censura de mi lengua, el homenaje impune a criminales, la negación judicial— sigue presente. Mientras partidos como PP, Vox o ciertas expresiones de la derecha alimentan la nostalgia franquista, propagan el mantra de que fue “mejor que la República”, pretenden arrinconar la memoria y reescribir la historia a su conveniencia. No es teoría: es guerra cultural, es banalización del dolor, es contagio de impunidad.
Creo profundo que esa impunidad tiene un rostro: no es abstracta. Queda en las calles, en los nombres, en las palabras que se evitan. En el archivo de testimonios sin abrir, en la justicia que se cierra a declarar los crímenes de lesa humanidad. Hasta hace poco, ni siquiera existía voluntad política de siquiera exhumar restos o abrir archivos. Y en ese marco, cualquiera que defienda la memoria se convierte en objetivo: a veces velado, otras veces explícito.
Pero nosotros, activistas, docentes, familiares, periodistas y ciudadanos comprometidos, no nos rendiremos. Nuestra lucha no es nostalgia de la guerra civil, sino deseo inquebrantable de que no se repita la barbarie. No buscamos venganza, sino historia compartida, reconocimiento del pasado, educación pública rigurosa. No pedimos restitución del odio: exigimos verdad, justicia y reparación.
Agradezco cada reunión con Bernardo y otras personas que, como él, han convertido la memoria en resistencia y en comunidad. Y me indigna que las generaciones jóvenes aún hayan de aprender lo que a mí se me prohibió por pensar en catalán. Que se explique en las aulas la dictadura como si fuera una lección lejana, sin pelo, sin sangre, sin voces.
Hoy, más que nunca, abrazo el llamado del artículo de Público. No al silencio, no al olvido, no a la impunidad. Y lo hago con la memoria de mis propias vivencias: aquellos años en que mi lengua fue oprimida; el informe que firmé para denunciar calles de glorificación del fascismo; mi militancia incipiente en campañas de memoria. Con cada acción, cada palabra, cada gesto, les decimos: “No pasarán”. No conseguirán que callen las víctimas, que se blanquee a los torturadores, que la libertad sea mera palabra vacía.
Porque la memoria no cura heridas sola: exige coraje, nos responsabiliza. Y sí, estoy convencido de que erradicar calles franquistas, exhumar fosas, investigar torturadores y reivindicar lenguas oprimidas —como en mi caso el catalán— son pasos hacia una democracia sólida, una democracia capaz de asumir su historia y optar por la justicia.
No vamos a mirar hacia otro lado. Y desde aquí lo afirmo: mientras quede voz, memoria, dignidad, no callaremos. Y a quienes hoy, en las instituciones o en las redes, defienden volver al pasado, les decimos: fuimos torturados en las comisarías, nos prohibieron cantar, silenciaron nuestras calles. Y vivimos para contarlo. La democracia no se regala: se conquista cada día, con memoria y coraje.

Hoy, más que nunca, son necesarias personas como tú, removedoras de conciencias, de recuerdos, de torturas, de prohibiciones, de desmanes... Gracias por lo que haces, Manel ✊️✊️💪💪
ResponderEliminarGracias a ti, compañera!!!
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