¿Por qué en España hay tantas calles con el nombre del Papa Pío XII?

 

Ayer asistí a un Pleno en la Asamblea Regional dedicado, entre otras cuestiones, a la Memoria Histórica. Entre los asistentes invitados por la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica tuve la suerte de conocer a Pepe.

El artículo que publicamos hoy en el blog es suyo, y ya ha sido difundido anteriormente en otros medios. Publicaremos más cosas suyas.

¡Bienvenido, Pepe, a este espacio!


El papa Eugenio Pacelli (1876-1958) no solo no condenó el nazismo y el Holocausto, también bendijo el golpe de Estado de Franco contra la II República, la “Cruzada” y la dictadura fascista instaurada por el Caudillo.


José Perelló Moreno

Han sido muchas las calles y plazas en España las que han sustituido sus nombres de clara connotación franquista por otros más apropiados, en cumplimiento de las leyes de Memoria Histórica (52/2007) y Memoria Democrática (20/2022). Pero, según los catálogos memorialistas, todavía faltan bastantes, entre ellas las que llevan el nombre de Pío XII. En la Región de Murcia, por ejemplo, hay al menos dos plazas, una en Murcia capital y otra en Molina de Segura, y dos calles, en Santiago El Mayor y en Los Garres. Pienso que es interesante estudiar las biografías particulares cuando hay dudas, como en el caso de este papa.

Imagino que si algún católico-apostólico-romano lee este artículo, pondrá el grito en el cielo, con la seguridad de ser allí escuchado. ¿Cómo vamos a sustituir a Su Santidad Pío XII por alguna ocurrencia woke? Los católicos merecen respeto. El Santo Padre merece respeto. Esto es incuestionable. Pero el respeto no implica exaltación; y mucho menos, ausencia de crítica.

Los más veteranos, los niños y niñas de primaria, hasta 1958 veíamos sobre las pizarras de las aulas, junto al crucifijo, las fotografías de Pío XII, Franco y José Antonio Primo de Rivera, y así aprendimos que esos tres personajes eran muy importantes: estaban al lado de Jesucristo, el Hijo de Dios crucificado por nuestros pecados. Amén.

Cuando murió el papa Pacelli su retrato fue sustituido por el de Juan XXIII, luego Pablo VI, y así sucesivamente. Pasaron los años, España se fue secularizando poco a poco. Pero el nombre de Pío XII sigue, hasta hoy, predominando en los callejeros sobre el de los siguientes papas, tal vez con la excepción de Juan Pablo II. Creo que teniendo en cuenta la libertad religiosa que consagra la Constitución, un Estado aconfesional debe optar por personajes que hayan tenido una significación inclusiva. No es estético (creo que tampoco ético) exaltar exclusivamente a la jerarquía católica.

¿Por qué permanece entonces el nombre de Pío XII en los callejeros? ¿Quién era este hombre para merecer tal honor? Y sobre todo, ¿por qué las asociaciones memorialistas lo consideran contrario a la Ley?

Poco a poco vamos encontrando las respuestas. A partir de las libertades recuperadas tras la muerte del dictador, nos enteramos de algunas cosas, por ejemplo que Pío XII no condenó el nazismo a pesar de haber sido instado vehementemente a ello por los aliados; tampoco dijo nada del Holocausto, y no por falta de información. Se ha ponderado, con razón, la eficacia de los servicios de inteligencia del Vaticano y su impresionante aparato diplomático.

Pío XII, el hábil y resolutivo secretario de Estado, admiraba y amaba Alemania, donde residió 12 años a partir de 1917, hablaba perfectamente el alemán y su afinidad con Alemania fue tal, que Erich Luddendorf (1865–1937) el general clave en la Primera Guerra Mundial y figura destacada del nacionalismo radical y la extrema derecha en la República de Weimar, llegó a apodar a Eugenio Pacelli “el dictador de Alemania”, debido a su ascendiente sobre las élites políticas e intelectuales germanas. Pacelli correspondió a estos elogios declarando que después de Roma, su ciudad predilecta era Munich.

Tras su etapa alemana regresó a Italia rodeado de “ejecutores” alemanes (así llamaba a sus colaboradores) trayendo consigo los concordatos con Babiera, Prusia y, esbozado, con Baden. Finalmente, en 1933, firmó el Reichskonkordat con la Alemania hitleriana. En 1953 firmaría el concordato con Franco, legitimando el nacional-catolicismo.

Seis meses después de haber sido elegido papa, comenzó la II Guerra Mundial. No es cierto que se echase en manos de los nazis desde el primer momento , como dice su “leyenda negra”. Pero cuando los alemanes invadieron Polonia, los aliados le exigieron una clara desautorización de Hitler, que nunca hizo. En cuanto al Holocausto, no dijo ni pío (perdón por el chiste fácil). Algunos han argumentado, a favor de ese clamoroso silencio, que tras la condena del obispo de Utrech en 1941, que sí lo denunció, se recrudeció la persecución de los judíos. Débil escusa, cuando se estaba gestando una de las mayores atrocidades de la historia. “Yo no podía creer que ese hombre (Hitler), me iba a mentir hasta ese punto”, se excusaría más tarde.

Según sus biógrafos, Pío XII fue un hombre inteligente, detallista, estudioso y autoritario. Por eso llama la atención que, contra la costumbre de otros papas, no dejara escritos particulares de orden externo, como hizo por ejemplo su predecesor Pío XI. En medio del desconcierto que produjo en el Vaticano su muerte, se vio salir a toda prisa a un personaje muy ligado al papa con “un bulto en el que se disimulaban mal unos manuscritos” (*). Nunca se supo de ellos, lo que contribuyó a incrementar su “leyenda negra”. 

Lo cierto es que muchos empezamos a mirar con disgusto el nombre de Pío XII en las placas de nomenclatura de nuestras calles. Y el disgusto se fue transformando en indignación cuando conocimos los mensajes a Franco y a los vencedores de la guerra, apenas un mes tras ser nombrado papa, justo el aniversario de la proclamación de la II República:

Mientras el papa dictaba esta carta confortablemente instalado en su palacio renacentista de Roma, cientos de miles de españoles se hacinaban en las cárceles y campos de concentración a la espera de un destino terrible. Los golpistas asesinos eran para Pío XII “los instrumentos elegidos por Dios”; y los defensores de la legalidad democrática, entre los que por cierto había muchos católicos, los “apóstoles del ateísmo materialista”, que iban a sufrir y a morir sin recibir la menor palabra compasiva del Vicario de Cristo en la Tierra.

Así pues, el nombre del autor de estos cínicos disparates impregnados de odio, que no condenó el fascismo, ni el nazismo, ni el Holocausto y bendijo el franquismo, solo merece figurar en alguna “historia universal de la infamia” como la de Borges, y no en nuestras calles.

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(*) González, N. (1968). El misterio de Pio XII. Historia y vida, año primero, nº 3, p. 18.


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