25 de abril: cuando un pueblo decidió no obedecer más
Hay fechas que no envejecen. El 25 de abril es una de ellas.
En su madrugada de 1974, Portugal hizo algo que hoy parece casi imposible: tumbar una dictadura sin caer en la barbarie. No fue un estallido caótico ni una guerra civil. Fue, en esencia, una decisión colectiva: hasta aquí.
Primero sonó E depois do adeus. Después, ya sin disimulo, Grândola, Vila Morena. Aquella canción —prohibida por el régimen— era mucho más que música: era una contraseña, un acto de desafío, un aviso de que el miedo había empezado a retirarse.
A las pocas horas, el régimen del Estado Novo, casi medio siglo de dictadura, se desmoronaba. Sin épica impostada. Sin discursos grandilocuentes. Con soldados que no querían disparar y una población que decidió ocupar la calle sin odio.
Y entonces, el gesto que lo cambió todo: claveles en los fusiles. No porque fuera bonito, sino porque era definitivo. Aquello no iba de sustituir una opresión por otra. Iba de acabar con ella.
Lo incómodo de la memoria
El problema del 25 de abril es que, si se recuerda de verdad, incomoda.
Porque desmonta muchas excusas contemporáneas. Demuestra que las dictaduras no son inevitables, pero tampoco imposibles. Que pueden durar décadas con la complicidad —activa o pasiva— de buena parte de la sociedad. Y que, cuando caen, lo hacen porque alguien deja de obedecer.
Portugal no era un país “atrasado” en abstracto. Era un país donde durante años se normalizó la censura, la represión y la falta de libertades. Poco a poco. Sin ruido suficiente para despertar a todos.
Y aquí es donde la historia deja de ser pasado.
Advertencia (sin rodeos)
Hoy no vivimos en dictadura. Pero tampoco vivimos en una burbuja inmune.
Hay discursos que apelan al orden como excusa para recortar derechos. Hay quienes convierten al diferente en enemigo. Hay quienes banalizan el autoritarismo, lo maquillan, lo hacen digerible. Y hay, también, quien compra ese relato con una facilidad inquietante.
Aquí es donde entra lo que muchos no quieren decir en voz alta: votar no es un acto neutro.
Dar poder a proyectos políticos que coquetean con el autoritarismo —sí, a los abascalines, llamémoslos así— no es una travesura ideológica. Es una irresponsabilidad histórica.
No porque vayan a instaurar mañana una dictadura (la historia nunca funciona así), sino porque contribuyen a erosionar lo que la hace imposible: la cultura democrática.
Las democracias no mueren de golpe. Se desgastan. Se degradan. Se acostumbran a lo inaceptable.
Y cuando quieres darte cuenta, ya es tarde para poner el clavel.
La lección real
La Revolución de los Claveles no es un cuento bonito. Es un aviso.
Que la libertad no es un estado natural: es una conquista frágil.
Que el miedo se instala poco a poco… y también se combate poco a poco.
Y que, llegado el momento, la diferencia entre un país libre y uno sometido no la marcan los discursos, sino la actitud de su gente.



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