Jornada Especial Palestina 3/3: Dabke, jota murciana y la alegría de resistir
La Jornada Especial Palestina celebrada el pasado sábado, 23 de mayo, en La Cítrica, en Puente Tocinos, reunió durante todo el día actividades culturales, talleres, música y espacios de reflexión centrados en Palestina. Esta serie de publicaciones recoge parte de aquel encuentro, dividido en tres momentos: la charla sobre el boicot a ICL organizada por BDS Murcia, la mesa redonda sobre arte y memoria palestina y, finalmente, los talleres y expresiones culturales que integraron la jornada.
“Cuando golpeamos la tierra, significa que estamos aquí, que somos parte de esta tierra y que no la vamos a dejar”.
Con estas palabras explicaba Tarek, participante palestino de la mesa redonda celebrada minutos antes, el significado profundo del dabke, la danza tradicional palestina. Apenas unos instantes después, aquellas palabras dejarían de ser una explicación para convertirse en una experiencia compartida.
La tercera actividad de la tarde, en la Jornada Especial Palestina estuvo dedicada precisamente a la cultura viva. Después de las reflexiones sobre economía, historia, literatura y memoria, llegó el momento de aprender, bailar y compartir.
Y lo hizo de la mano del dabke palestino y de la jota murciana.
Para quien lo observa por primera vez, el dabke puede parecer simplemente una danza popular. Sin embargo, para el pueblo palestino representa mucho más. Originario de la región levantina —que incluye Palestina, Líbano, Siria y Jordania—, el dabke se caracteriza por el zapateado rítmico, la coordinación colectiva y la energía que transmiten sus movimientos. Su propio nombre está relacionado con la acción de golpear el suelo con los pies. Tradicionalmente se baila en celebraciones familiares, fiestas populares y encuentros comunitarios, pero con el paso del tiempo también se ha convertido en un símbolo de identidad y resistencia cultural.
Durante décadas, la sociedad palestina ha encontrado en el dabke una forma de preservar su memoria colectiva. Cada baile, cada canción y cada encuentro sirven para mantener vivas tradiciones que el exilio, la ocupación y la dispersión geográfica han intentado fragmentar. Por eso, cuando Tarek afirmaba que cada golpe sobre la tierra significa “seguimos aquí”, no estaba recurriendo a una metáfora. Estaba describiendo una realidad profundamente arraigada en la experiencia palestina.
El taller celebrado en La Cítrica fue impartido por integrantes de Watani Group, colectivo de danza palestina con sede en Madrid cuyo nombre significa “mi patria”. Fundado en 2022, el grupo desarrolla una intensa labor de divulgación cultural a través de actuaciones, talleres y actividades educativas por distintos puntos del Estado español. Su objetivo declarado es acercar la cultura palestina al público y utilizar la danza como herramienta para preservar la memoria, la identidad y la dignidad de su pueblo.
En los últimos años, Watani Group ha participado en festivales culturales, encuentros solidarios y talleres formativos en numerosas ciudades españolas. Sus actuaciones combinan tradición, pedagogía y compromiso cultural, mostrando cómo el arte puede convertirse en una forma de resistencia pacífica frente al olvido.
Mientras observaba el taller no pude evitar recordar otro baile tradicional muy diferente geográficamente, pero que me despertaba sensaciones parecidas. Como catalán, siempre he visto en el dabke algo que me recuerda a la sardana. En ambos casos las personas se toman de las manos y forman una comunidad temporal donde cada movimiento depende del grupo. En ambos casos existe una dimensión colectiva que trasciende el simple hecho de bailar.
Pero el dabke añade algo más.
Añade la memoria de un pueblo desplazado. Añade la defensa de una cultura que se niega a desaparecer. Añade la reivindicación de una tierra, de una lengua, de unos recuerdos y de unos sueños que continúan vivos a pesar de todas las dificultades.
Y precisamente por eso resultó tan hermoso el encuentro posterior con la jota murciana.
Porque la jornada no pretendía establecer jerarquías entre culturas ni enfrentar tradiciones. Al contrario. La presencia de la jota aportó una dimensión de hospitalidad y diálogo que encajaba perfectamente con el espíritu del encuentro.
Las personas asistentes pudieron acercarse a dos expresiones populares nacidas en lugares muy distintos del Mediterráneo, pero unidas por elementos comunes: el arraigo a la tierra, la transmisión intergeneracional y la importancia de la comunidad.
La jota murciana, con su riqueza musical y su larga tradición popular, aportó al taller una energía festiva que complementó perfectamente la intensidad simbólica del dabke. Durante unos momentos, Palestina y Murcia compartieron espacio, música y movimiento.
Y quizá ahí se encontraba una de las enseñanzas más valiosas de toda la jornada.
A lo largo del día se habló de ocupación, de historia, de literatura, de memoria y de derechos humanos. Pero también quedó claro que la resistencia no se construye únicamente desde la denuncia.
También se construye desde la cultura.
Desde una canción que sobrevive al exilio.
Desde un poema que atraviesa generaciones.
Desde una lengua que se sigue hablando.
Y desde una danza que, golpe tras golpe, sigue recordando que hay pueblos que se niegan a desaparecer.
Este encuentro entre el dabke palestino y la jota murciana demostró que la solidaridad puede adoptar muchas formas: la reflexión crítica, el conocimiento histórico, la literatura, la música o el baile.
Porque a veces la mejor manera de defender la memoria consiste, simplemente, en mantenerla viva.



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