Los vacíos de la memoria que todavía nos interpelan

Por Manel Aparicio

El pasado jueves 4 de junio, el Salón de Actos de la UNED de Cartagena acogió una mesa redonda organizada por la Asociación de Memoria Histórica de Cartagena bajo el título “Vacíos en la memoria. Las mujeres bajo la represión franquista”, enmarcada dentro de la exposición Color y Memoria. El retrato como dignificación.

La asistencia fue notable. No llegó a llenar un recinto tan amplio como el de la UNED, lo que provocaba la sensación visual de un salón a medio ocupar. Sin embargo, quienes acudieron lo hicieron con atención y con interés. De hecho, el posterior turno de preguntas —tan extenso como enriquecedor— confirmó que el tema seguía despertando inquietudes, reflexiones y debates necesarios.

La mesa estuvo moderada por Ana Cristina Bella Ruiz y contó con las intervenciones de Ana Valencia Herrera, profesora de Geografía e Historia y especialista en educación y memoria democrática, y de Vicente Juan Medrano Salamanca, investigador de la memoria histórica cartagenera y autor del libro Consejos de Guerra a mujeres. Condenadas en la Región de Murcia 1939-1944.

La memoria como compromiso ético

Ana Valencia abrió la sesión con una intervención que trascendió el ámbito estrictamente histórico para adentrarse en la reflexión moral y social. Su tesis principal fue clara: la memoria histórica no consiste únicamente en recordar hechos del pasado, sino en defender unos valores éticos asociados a la verdad, la justicia y la reparación. Según explicó, la memoria se diferencia de la historia precisamente por esa dimensión moral que interpela al presente.

La ponente alertó además de los riesgos actuales de banalizar el concepto de memoria, convirtiéndolo en una simple evocación nostálgica del pasado, desprovista de su contenido crítico y reparador. También insistió en que las asociaciones memorialistas desempeñan un papel esencial en la construcción de lo que definió como “comunidades de memoria”, donde participan investigadores, familiares, activistas y, simbólicamente, también las víctimas ausentes.

Uno de los aspectos más interesantes de su exposición fue la reflexión sobre la transmisión generacional del trauma. Valencia defendió que los efectos de la represión no terminan en quienes la sufrieron directamente, sino que alcanzan a hijos, nietos e incluso bisnietos, configurando una memoria heredada que sigue presente en muchas familias españolas.

Pero quizá el momento más intenso llegó cuando vinculó la represión franquista contra las mujeres con una voluntad de destrucción de su ciudadanía y de su autonomía personal. Recordó que el cuerpo femenino fue utilizado como espacio de castigo y humillación, y que la violencia ejercida contra las mujeres tuvo un carácter específico que iba mucho más allá de la represión política convencional.

Su intervención concluyó con una idea poderosa: la democracia española tiene muchas más madres de las que suele reconocer el relato oficial.


Nombres, rostros e historias concretas

Si Ana Valencia ofreció una visión amplia y conceptual, Vicente Medrano descendió al terreno de los hechos concretos.

Apoyándose en la exposición que presidía el acto, recordó que los retratos allí mostrados representan a personas reales cuya vida quedó truncada por la represión franquista tras la Guerra Civil. Su objetivo, explicó, es devolverles la dignidad y la visibilidad que les fueron arrebatadas durante décadas.

Medrano aportó datos especialmente reveladores. Señaló que alrededor de 1.350 mujeres de la Región de Murcia pasaron por procedimientos judiciales franquistas o fueron condenadas en consejos de guerra. Explicó además que las acusaciones contra ellas respondían a menudo a prejuicios de género: se las presentaba como instigadoras de los hombres o se atacaba sistemáticamente su moralidad mediante calificativos que buscaban desacreditarlas socialmente.

Uno de los aspectos más impactantes de su intervención fue la descripción del mecanismo represivo. Los informes elaborados por Falange, Guardia Civil y alcaldías locales solían construir perfiles políticos y morales de los acusados que condicionaban de antemano el resultado de los procesos. Muchas veces quienes declaraban como testigos eran las mismas personas que habían elaborado las denuncias.

También abordó la represión indirecta sufrida por las familias. El caso de Josefa Patacano y de su entorno familiar mostró cómo las condenas, ejecuciones y encarcelamientos destruían familias enteras, dejando tras de sí víctimas que nunca aparecerían en ninguna estadística oficial.

Particularmente esclarecedora resultó su explicación sobre el modelo femenino impuesto por el franquismo. Tras los avances logrados durante la Segunda República, la dictadura devolvió a las mujeres a una situación de subordinación jurídica y social. La vigilancia sobre su conducta moral alcanzó niveles asfixiantes, especialmente a través de instituciones como el Patronato de Protección a la Mujer.


Más allá de los datos

Lo que hizo especialmente interesante esta mesa redonda fue que no se limitó a enumerar cifras o episodios represivos. Tanto Ana Valencia como Vicente Medrano insistieron en algo fundamental: detrás de cada expediente, de cada fotografía y de cada nombre había vidas completas, proyectos, ilusiones y esperanzas.

En demasiadas ocasiones, la memoria histórica se convierte en un debate político simplificado, reducido a consignas o trincheras ideológicas. Sin embargo, escuchar durante casi dos horas las historias de aquellas mujeres permite comprender que la cuestión es mucho más profunda. Estamos hablando de personas concretas que fueron castigadas no sólo por sus ideas, sino también por desafiar el papel que la sociedad de su tiempo les había asignado.

Ese es, probablemente, uno de los aspectos más relevantes del acto. La represión franquista contra las mujeres no fue simplemente una variante de la represión política general. Tuvo componentes específicos relacionados con el control social, la moral, la sexualidad, la maternidad y la propia condición femenina. Y comprender esa singularidad ayuda a entender mejor la naturaleza del régimen que la ejerció.

Una reflexión necesaria

Al abandonar la sala, resultaba difícil no quedarse pensando en una paradoja.

Han pasado casi noventa años desde aquellos acontecimientos y, sin embargo, muchas de las historias relatadas siguen siendo desconocidas para buena parte de la sociedad. No porque falten investigaciones, libros o testimonios, sino porque todavía existe cierta resistencia colectiva a mirar de frente algunos capítulos de nuestro pasado.

La memoria histórica no debería entenderse como un ejercicio de revancha ni como una competición de sufrimientos. Tampoco como una herramienta para dividir a los ciudadanos de hoy. Su utilidad reside precisamente en lo contrario: en comprender cómo determinadas formas de intolerancia, exclusión y deshumanización pueden arraigar en una sociedad aparentemente normal.

Quizá por eso actos como este siguen siendo necesarios. Porque los vacíos de la memoria no son únicamente huecos en los libros de historia. Son también silencios familiares, ausencias en los relatos colectivos y preguntas que todavía esperan respuesta.

Y porque mientras existan nombres olvidados, fotografías sin historia y mujeres cuya experiencia permanezca en la sombra, seguirá habiendo una tarea pendiente de dignificación y reconocimiento.

Eso fue, en esencia, lo que se recordó en la UNED de Cartagena. Y no parece una tarea menor.

En el siguiente vídeo, puedes escuchar las ponencias:

El turno de preguntas, puedes escucharlo a continuación:

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