Hay noches que una canción convierte en inolvidables

Por Manel Aparicio

A pesar de que ningún medio de comunicación "profesional" acudió al concierto solidario con Cuba para contar lo que allí ocurrió, la noche fue todo un éxito. Y quizá precisamente por eso siento la necesidad de escribir estas líneas. Hay noches que desaparecen al amanecer porque nadie las cuenta. Y hay otras que merecen quedar escritas para que el tiempo no consiga borrarlas.

Alrededor de un centenar de personas nos reunimos el pasado sábado en la Plaza del Espejo de Los Alcázares para disfrutar de un homenaje a Silvio Rodríguez y, al mismo tiempo, aportar nuestro pequeño grano de arena a un proyecto de instalación de energía solar en Cuba. Era una de esas citas en las que la música deja de ser únicamente un espectáculo para convertirse en un abrazo entre personas que creen que la cultura también puede ayudar a construir un mundo más justo.

Mi primera sorpresa llegó incluso antes de que comenzara el concierto. Después de realizar mi aportación, la organización me entregó un CD con versiones de canciones de Silvio Rodríguez interpretadas por distintos artistas. Un detalle sencillo, sí, pero cargado de cariño. De esos pequeños gestos que ya te hacen comprender que quien ha organizado una velada así no se ha limitado a preparar un escenario; también ha puesto el corazón en cada detalle.

Y no me equivoqué.

Las actuaciones de Alfonso Copé, Lafu, Pepa Robles y Jesús Cutillas fueron recorriendo canciones que muchos llevamos décadas escuchando. Canciones que nunca envejecen porque siguen hablando de la dignidad, de la esperanza y de la capacidad del ser humano para no resignarse. Escucharlas en directo fue volver a comprobar que algunas melodías conservan intacta la fuerza para emocionarnos, aunque hayan pasado los años.

Pero hubo un instante que consiguió tocarme de una forma muy especial.

Jesús Cutillas comenzó a interpretar Mediterráneo, de Joan Manel Serrat, "el noi del Poble Sec", como seguimos llamándolo con cariño muchos catalanes. Pensé que iba a escuchar una de esas canciones que uno conoce casi de memoria. Sin embargo, llegó el verso más esperado y, donde Serrat canta "porque yo nací en el Mediterráneo", Jesús cambió la letra para decir "porque yo nací en el Mar Menor".

Confieso que me emocioné.

Quizá solo pueda entenderlo quien alguna vez ha sentido que una canción también cuenta su propia vida. Mediterráneo siempre ha sido eso para mí. En sus versos viven las playas de mi infancia, los atardeceres que todavía conservo en la memoria, la genista que tanto le gusta a mi mujer y que descubrió en Cambrils, el olor del mar y esa manera de mirar el horizonte que acompaña a quienes hemos crecido junto a sus aguas. Incluso hay un verso que siempre me hace sonreír cuando habla de tener "alma de marinero". Cada uno guarda sus recuerdos donde puede, y yo hace mucho tiempo que los guardo en esa canción.

Por eso, escuchar cómo aquella letra tendía un puente entre el Mediterráneo que me vio nacer y el Mar Menor que hoy siento como parte de mi propia vida fue uno de esos momentos que permanecen mucho tiempo después de que termine el último aplauso. No sentí que una tierra sustituyera a la otra. Sentí que ambas se daban la mano en una misma canción.


Durante la velada también hubo espacio para escuchar a distintos colectivos que recordaron la situación que viven pueblos como el palestino o el kurdo, así como las dificultades que afronta Cuba. Fueron intervenciones breves, pero suficientes para recordar que detrás de cada causa hay personas que merecen ser escuchadas y apoyadas.

Al regresar a casa tuve la sensación de haber asistido a una de esas noches que justifican por sí solas una tarde de verano. No por la repercusión mediática, que fue inexistente, ni siquiera por el número de asistentes, sino porque un centenar de personas demostramos que todavía existen espacios donde una canción puede emocionar, una causa puede unir y la solidaridad puede dejar de ser una palabra para convertirse en un gesto compartido.

Ojalá se sigan organizando noches como esta. Porque mientras existan personas capaces de reunirse para tender la mano a quienes lo necesitan, mientras una guitarra siga siendo capaz de reunir conciencias y mientras haya canciones que nos recuerden quiénes somos y de dónde venimos, siempre habrá motivos para seguir creyendo en la fuerza de la cultura y de la solidaridad.

Puedes ver el acto completo en el siguiente vídeo:



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