Color y Memoria: cuando devolver un rostro al presente es también una forma de reparar la historia

Por Manel Aparicio


Hay exposiciones que se contemplan y otras que se escuchan. Color y Memoria pertenece a estas últimas.

La actividad desarrollada en torno a la muestra instalada en la Biblioteca Municipal de Los Alcázares no fue, en realidad, una visita guiada al uso, cuadro por cuadro. No había tiempo material para detenerse ante cada uno de los retratos. Lo que se planteó fue algo diferente y, probablemente, más necesario: una explicación general sobre lo que ocurrió tras el golpe militar de 1936, sobre la represión que siguió a la derrota de la República y, de manera muy especial, sobre la pérdida de derechos y la represión específica sufrida por las mujeres.

Los cuadros estaban allí, naturalmente. Pero detrás de cada rostro había una historia. Y detrás de todas aquellas historias, una parte de nuestra historia colectiva que durante demasiado tiempo permaneció silenciada.

Devolver color, devolver presencia

Color y Memoria parte de fotografías originales en blanco y negro para construir retratos contemporáneos de personas represaliadas durante la Guerra Civil y la dictadura. Sus autores hablan de “contemporaneización”: devolver a aquellos rostros una presencia actual, hacer que quienes quedaron atrapados en una fotografía antigua vuelvan, de alguna manera, a estar entre nosotros.

No se trata únicamente de añadir color.

El proyecto utiliza óleo sobre tela de lino, una técnica tradicionalmente vinculada al retrato de las élites, de reyes, nobles, ministros y personajes relevantes. Aplicarla ahora a personas corrientes —trabajadores, campesinos, maestros, militares, sindicalistas— tiene un significado evidente: otorgarles la misma dignidad artística que durante siglos estuvo reservada a quienes ocupaban las posiciones más altas de la sociedad.

Son personas que, precisamente por no pertenecer a esas élites, fueron convertidas durante décadas en nombres incómodos, en historias familiares que a menudo quedaron encerradas dentro de las casas.

El color pretende sacarlas de allí.

“Estáis aquí”.

Esa parece ser, en esencia, la idea.

Los artistas tuvieron que enfrentarse además a una dificultad añadida: en muchos casos las fotografías originales eran muy pequeñas, incluso simples fotografías de carné. A partir de esas imágenes tuvieron que reconstruir y trasladar al lienzo unos rostros de los que, en ocasiones, apenas quedaba una huella visual.

Y esa reconstrucción artística tiene también una dimensión de recuperación de la identidad.

Detrás de las cifras había personas

Durante la explicación, el investigador Vicente puso sobre la mesa algunas cifras que permiten dimensionar la magnitud de la represión en la Región de Murcia. Según los datos expuestos, entre 35.000 y 40.000 personas pasaron por procedimientos judiciales militares en la región y fueron confirmadas 771 ejecuciones tras consejos de guerra. También se habló de centenares de personas fallecidas en prisión como consecuencia del hambre, la tuberculosis, las pésimas condiciones higiénicas y el hacinamiento.

Pero una cifra, por grande que sea, no nos permite comprender por sí sola lo que significa una tragedia.

Para eso están los rostros.

Para eso están las vidas.

El golpe de Estado no destruyó solamente instituciones o derechos. Cambió de manera radical la existencia de personas normales. Familias enteras quedaron rotas en muy poco tiempo. Militares que habían permanecido fieles a la legalidad republicana, cargos públicos, alcaldes, concejales y, de manera muy especial, maestros y maestras, fueron perseguidos.

¿Por qué los maestros eran considerados tan peligrosos?

Porque enseñaban a pensar.

Y en una sociedad que se pretendía controlar mediante el miedo, acercar la cultura a una población en buena parte analfabeta era, para quienes habían impuesto la dictadura, una amenaza.

La explicación de aquella política del terror tuvo además ejemplos concretos. En Cartagena se recordó el caso del primer ejecutado, fusilado públicamente un sábado por la mañana en el Arsenal, con presencia obligada de personal militar y civil. No era solamente una ejecución: era una lección de miedo para toda la ciudad.

Mujeres a las que quisieron devolver a la obediencia

Uno de los aspectos más importantes de la actividad fue la represión sufrida por las mujeres.

Durante la República, las mujeres habían conquistado derechos fundamentales: el voto, el acceso al estudio, el derecho al divorcio y una consideración jurídica y social que las acercaba a una ciudadanía plena. Con la dictadura, buena parte de esas conquistas desaparecieron. La mujer quedó de nuevo sometida a la tutela del padre o del marido y perdió autonomía en ámbitos tan básicos como el trabajo o la gestión de sus propios recursos.

Pero la represión no fue únicamente jurídica.

También fue física, pública y humillante.

Se habló del rapado de cabeza, del aceite de ricino, de los paseos públicos en camisón y de las acusaciones de “baja moral” o “prostituta” utilizadas contra mujeres por haber defendido la República o haberse casado por lo civil.

También existió una forma de represión especialmente cruel: mujeres encarceladas no por sus propios actos, sino para presionar a sus maridos o hijos huidos. Eran utilizadas como medio para llegar a otros.

La dictadura no solo quería castigar a quienes habían perdido la guerra. Quería además imponer un modelo de mujer sometida al varón y a la Iglesia.

Y algunos de los retratos de Color y Memoria permiten comprender esa realidad de una manera que ningún tratado podría hacerlo.

Pilar Zapata y una familia destrozada

La historia de Pilar Zapata, vecina de San Javier, es una de las más estremecedoras.

Pilar fue condenada a muerte, aunque finalmente su pena fue conmutada. Su padre recibió una condena de treinta años de prisión y murió cumpliéndola en una cárcel del norte de España. Dos de sus hermanos fueron ejecutados en el cementerio de Espinardo. Otro hermano, condenado también a treinta años, murió en prisión. Su hermana fue condenada a seis años. Y su cuñado fue ejecutado en Cartagena en 1939.

En apenas dos años, prácticamente todos los hombres de aquella familia habían desaparecido.

Pero quizá la figura que mejor resume la dimensión más invisible de aquella tragedia sea la de Josefa, la madre de Pilar.

Josefa no fue ejecutada. No estuvo necesariamente en las listas de condenados. Pero tuvo que contemplar cómo su familia era diezmada. Su dolor no aparece reflejado en las estadísticas de la misma manera que el de quienes pasaron por un consejo de guerra o por el paredón.

Y ahí aparece una idea fundamental de Color y Memoria: hay víctimas que aparecen en los registros y hay otras que, sin haber sido encarceladas o ejecutadas, sufrieron igualmente las consecuencias de la represión y quedaron fuera de las listas.

También ellas forman parte de la memoria.


El rostro de Baldomera

La historia de Baldomera concentra en unas pocas escenas la crueldad de la represión sufrida por las mujeres.

Entró en prisión embarazada de siete meses. Se le permitió salir temporalmente para dar a luz y, una vez nacido su hijo, regresó a la cárcel con el bebé.

Su hija, Antoñita Jover, estuvo presente en la inauguración de la exposición. El retrato de su madre, pintado por Alfonso, no era para ella solamente una obra artística: era la recuperación de un rostro y de una historia que formaban parte de su propia vida familiar.

En ese momento, el pasado dejaba de ser pasado.

Volvía a mirar desde la pared.

Dos rostros para una misma mujer

Otro caso especialmente significativo es el de Josefina José y Ascensión.

Durante un tiempo se pensó que eran dos hermanas distintas. Fue su nieta Mari Carmen quien explicó que, en realidad, se trataba de la misma mujer retratada en dos momentos de su vida.

En uno de los retratos aparece sonriente, asociada a la esperanza y a las expectativas de libertad que había abierto la República.

En el otro, el rostro es distinto: cansancio, tristeza, derrota.

Dos imágenes de una misma mujer. Dos momentos de una misma vida.

Y, entre ambos, una guerra y una dictadura que cambiaron radicalmente el lugar de las mujeres en la sociedad.

Cuando una mujer ni siquiera podía llegar al paredón

Otra de las historias explicadas durante la actividad resulta especialmente difícil de asumir por su crudeza.

Una mujer condenada a muerte se encontraba tan enferma, debilitada por un cáncer de ovario y con graves hemorragias, que los guardias no pudieron levantarla de su camastro para llevarla al paredón.

La orden no fue, sin embargo, dejarla morir en paz.

El objetivo era esperar a que recuperara las fuerzas suficientes para poder ejecutarla.

Murió quince días después en su propia cama.

No hace falta añadir un adjetivo. La historia habla por sí misma.

Una exposición que también pertenece a Los Alcázares

La muestra que llegó a Los Alcázares estaba formada inicialmente por 29 retratos. Pero aquí ocurrió algo especialmente significativo: la exposición incorporó dos nuevas obras vinculadas directamente con el municipio.

Son dos acuarelas que fueron añadidas al catálogo mediante una lámina específica.

Uno de los retratos representa a Juan Ortiz Muñoz, el Comandante Ortiz, realizado por Alfonso Martínez.

El otro corresponde a Miguel Galindo Saura, realizado por José Rosique (Pepe).

Ambos llevan también su correspondiente código QR, que permite acceder a la información biográfica disponible en la web de la Federación.

Con ellos, la muestra pasó a contar con 31 obras en Los Alcázares.

Y no es un detalle menor.

Significa que una exposición que recorre la memoria de la represión en la Región de Murcia también puede incorporar, al llegar a cada localidad, los nombres y las historias de quienes pertenecen a su propia memoria.

En el caso del Comandante Ortiz, además, se destacó el trabajo de investigación realizado por el vecino Pepe Alba Alejo y se anunció la preparación de un homenaje institucional.

Así, la memoria deja de ser algo lejano.

Tiene nombres de nuestra tierra.

Homenaje, divulgación y reparación

Color y Memoria se sostiene sobre tres ideas que quedaron especialmente claras durante la explicación: homenaje, divulgación y reparación.

Homenaje, porque aquellas personas son recuperadas y dignificadas mediante el retrato.

Divulgación, porque sus historias pueden ser conocidas a través de las cartelas y los códigos QR que amplían la información disponible y porque la exposición pretende enfrentarse a quienes todavía intentan minimizar o blanquear la dictadura.

Y reparación, porque una vez concluida la itinerancia por la Región de Murcia, los retratos serán entregados gratuitamente a los familiares de las personas representadas.

No es una reparación capaz de devolver una vida.

No puede devolver a un padre, a una madre, a un hermano, a un hijo.

Pero puede devolver un rostro.

Puede devolver una historia.

Puede decir a una familia: esta persona existió, su vida importó y no merece seguir sepultada en el olvido.

Quizá por eso Color y Memoria sea algo más que una exposición de retratos.

Porque cuando el color devuelve al presente a quienes durante décadas fueron condenados al silencio, la pintura deja de ser solamente pintura.

Se convierte en memoria.

Y cuando esa memoria vuelve a mirar a los vivos desde un cuadro, el olvido ya no tiene la última palabra. 


Puedes ver el acto completo en el siguiente vídeo:


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